lunes, 28 de junio de 2010

La historia de mi orgullo.

“El orgullo, -decía mi padre- es algo que se lleva silenciosamente en la sangre”. Desde esa frase inaugural sobre el orgullo familiar aprendí que debía distinguir bien entre las voces del silencio que intentan callarme y los ruidos que me distraen de lo que verdaderamente creo.

Según su pensamiento, clamar a los cuatro vientos sobre lo que uno es, era caer en el pecado de la vanidad y la soberbia. En el plano político y social, mi progenitor, también abogaba por los cambios silenciosos. Creía que manifestarse públicamente contra gobiernos represores o contra una guerra, era cosa de “comunistas revoltosos”. Un verdadero patriota que deseaba el cambio social debía guardar silencio y demostrar únicamente su valentía en las urnas de votación cada cuatro años.

De acuerdo a las ideas de mi progenitor, sus nietos seguirían viviendo hoy bajo el régimen militar de los setentas. Ya que el pasaje de la dictadura militar, a la seudo democracia en América del Sur, sobrevino gracias la voz del pueblo que tubo la valentía de salir a las calles y romper el silencio manifestándose -entre otras cosas- a cacerolazos *.

El silencio en mi familia era como un idioma.

Sin hablar, siempre se sabían las verdades. Jamás durante mi adolescencia necesité presentar a mis novias como novias. A cada visita de ellas, mi padre, se encargaba de ofrecernos su recamara matrimonial. Quedando establecido para el resto del clan que aquella nueva mujer, era la actual pareja de su hija menor. El asunto era aceptar sin nombrar ni dar título. Una cómoda manera de continuar el equilibrio y la paz familiar. ¿Para que mostrar mi orgullo en palabras si tenía la cama servida y la cena en paz?

martes, 22 de junio de 2010

La reina de la hipérbole. (Parte 1)

(Dedicado a Pilar. Cuyas letras se han convertido en fuente de inspiración)


En mi casa paterna los sábados se escuchaba fútbol.
Desde una radio antigua cuya caja de madera tenía el olor de las cosas viejas con las iniciales G.E.  grabadas en dorado y conexión eléctrica los comentaristas deportivo relataban con esa clásica pasión que denuncia llevar sangre italiana o española en las venas los movimientos desde una cancha donde 22 hombres, tras una pelota de cuero bastante más primitiva que una jubalini exaltaban la presión arterial de mi familia.

Yo no era ajena al griterio, a las discusiones, a las risas y a los llantos que desbordaban el patio de baldosas con aljibe en el medio. Tampoco era ajena a la pregunta: "Y vos...chiquita...¿de qué cuadro sos hincha?" Y entonces yo temiendo a un domingo sin matinee o a la diminusión de chocolatines Águila respondía de acuerdo a la camiseta de cada quien. 

La respuesta era fácil: Peñarol o Nacional.

En la casa nadie leía libros. Pero las revistas de Peñarol Fútbol Club rondaban el comedor, el baño, la cocina, el corredor, el cuarto de mis viejos. Imágenes de Pablo Forlán o de Morena eran tan familiares como el retrato de mi bisabuelo moro que escapó desde Andalucía como polizón en un barco hacia el Río de la Plata .

Por otro lado los figurines con la camiseta blanca de corazón azul y rojo llegaban cada mes hasta el zaguán: "Nacional Fútbol Club es el cuadro nacional chiquita...Peñarol lo fundaron los malditos ingleses.Vos tenés que ser "bolso" como el tío Luis no me vengás con pelotudeces de andar hinchando por los "manyas"

Los domingos a la tarde eran de fiesta. Era el día de seguir a los equipos locales, los del pueblo.

Se permutaba la reunión familiar alrededor del viejo armatoste de radio con lámparas por la ida a la cancha de turno. Los colores de las camisetas cambiaban, los equipos también. Negro y blanco: Río Negro. Rojo y blanco: River Fútbol Club. Verde y blanco: Universal y así desfilabamos entre las canchas de Tito Borjas y la de Central,  la del Barrio Colón y la del Barrio Industrial.

viernes, 18 de junio de 2010

visibilidad lésbica

video

Hace algún tiempo escribí este poema.
Hoy le doy voz y le pongo rostro.
¿La razón?
No nací en un armario por lo tanto no me condenarán a el.


Lo que no se nombra, no existe.

martes, 15 de junio de 2010

Apuntes en un diario.

Extraño el tiempo donde volar era la consigna. Los veranos eran de playas, las noches de estrellas en el cielo. El campo olía a verde y las manzanas tenían sabor a manzanas. Los sueños desfilaban por la plaza, todo tenía nombre a mañana y la eternidad era cierta.

Amaba a quien me amaba y los amigos siempre tenían tiempo para vivir la amistad.
El país era uno y el enemigo era el mismo de todos.

Extraño el calendario donde el 1 de Mayo era 1 de Mayo, Día de los Trabajadores y los domingos eran de fútbol en la canchita del barrio. La tardecita tenía cara de sol poniendose en el horizonte allá donde el río se juntaba con el cielo. La noche se impregnaba de poesía en los boliches que de uno en uno recorríamos. Las servilletas simulaban cuadernos donde escribir nuesta historia.

Las computadoras no existían como no existía esta enfermedad de vivir en la casa del enemigo. En la contradicción de amar a quien no nos ama y de agendar un mes  antes la visita de un amigo.

Hoy la libertad es una cárcel con paredes de vidrio. El mundo pasa a lo lejos. La gente sube y baja de los aviones, despega, aterriza, se va, regresa. Tengo la sensación de que golpeo una puerta que nunca se abre pero escucho una voz diciendo:  "No hay nadie". Y de rabia contesto: "Suerte que nunca vine".

En el País de la Libertad

miércoles, 9 de junio de 2010

Imágenes de una unión indeseada.

Tu orfandad y la mía son iguales.
La figura de una madre casi inexistente pesa tanto como la tumba de una madre muerta.
Te imagino por las noches arropada entre almohadas que simulan el cuerpo masculino de algún viejo amante o en el insomnio de la madrugada repasando los viajeros instantes de  fortuitos encuentros.

Cierro los ojos y puedo verte a  la mañana mientras preparas el café.
Siento  las yemas de tus dedos dibujando mensajes o marcando un número a distancia para re-encontrar la voz que cruzando distancias calme la desesperación de ser niña abandonada.


No necesito estar  me basta la imaginación. Te imagino y es como verte.

Te sé y lo sabes aunque me niegues. Aunque te escondas de la intensa manera de pensarte. Esos lazos invisibles que nos unen o esos felinos nombres que hacen real nuestra compañía. La música que escuchas o los libros que lees, los viejos cuadernos con sus páginas en blanco, el libro que aún no te animas a escribir y los árboles que un lunes al atardecer nos acobijaran.

Tu orfandad y la mía son hermanas desde el sur y amigas desde el norte.
En el mismo espejo nos miramos y fué así que reconocimos sin nombrar el sentimiento desgarrador de una niñez atormentada y de una adolescencia rebelde luchando por sobrevivir.