sábado, 24 de enero de 2015

Adiós Pedro.


Gracias y por favor, por el bien de nosotros quienes seguimos aquí y los que han de venir,  multiplícate.


viernes, 23 de enero de 2015

Murió Pedro.

Entro y escribo por ser el único lugar donde poder encontrar refugio. Por intentar no bajar once pisos y sentarme en la barra a tomar uno, dos, tres ron con coca. Por no tener que fingir y decir mentiras.
Entro porque a pesar del tiempo sin entrar, sin decir, sin contar este lugar prevalece intacto aunque yo, la de antes no sea la misma.
Me duele el alma. Pedro Lemebel se ha muerto hoy, 23 de febrero del año 2015.
Irónico, irreverente, marica extremo. Auténtica maravilla del universo de esas qué este mundo no está acostumbrado a entender.
Nacido de la pobreza y sin ancestros intelectuales, criado en un Chile homófobo, conservador, hipócrita. Denigrado por los conservadores y los marxistas "revolucionarios". Marica sin lugar usando tacos y maquillaje en presentaciones públicas. Escritor. Poeta. Artista.
62 años de SER sin besarle el culo a nadie.
62 años de congruencia y autenticidad.
Montado en su yegua apocaliptica se fue a no sé donde.
Y me dejó más huérfana que antes.
En sus letras y sus decires encontré pedazos de mi así como cuando encontré a mis hermanos biológicos luego de años de no conocerlos.
A la mañana a mi despertar una cachetada de tristeza golpeó en mi alma.
Desde mis redes leía la noticia, Pedro había fallecido a las dos de la mañana en Chile.
Sabía de su estado crítico, de su última aparición en el homenaje que actores, escritores y artistas plásticos chilenos le habían hecho días antes.
Dijo que estaba y se quedaba. Pero la verdad, es, Pedro se fue.
Y a mi no me sirve el consuelo fácil, el de que su obra prevalece, el que se multiplicará en las nuevas generación, en qué seguirá escribiendo desde el cielo. A mi hoy, no me sirve nada de lo que digan los otros. De los mensajes de condolencia, de las frases hechas, de los decires del mundo.
A mí solo me consuela llorar. Y servirme un vaso de ron con coca cola.
Imagino esta es la antesala de lo que vendrá. La despedida  de los que no quiero se vayan.
De los que quiero la muerte tenga piedad y no me los robe. No antes de que me robe a mi.
Pedro cargado de faltas de ortografía por rehusarse a aceptar totalmente el idioma colonizador.
Pedro odiando a los periodistas porque siempre querían ser escritores y los consideraba tontos.
Pedro marica pobre mestizo tan marica irreversible como yo torta tortón.
Pedro salido de un basural podía entender a una lesbiana nacida en una casucha de lata aunque el basural estuviera en Chile diez años antes y la casucha en Uruguay.
Pedro muerto de amor por un grupo de simios en el amazonas y muerto de miedo por un dictador como Pinochet.
Pedro urbano, Pedro loquita da cabaret. Pedro el grande. Que de Rusia solo bebería el vodka y declararía su manifiesto de maricón a los marxistas dejándoles de boca abierta.

Q.U.E.P Pedro Lemebel (1952-2015)

¿Quién es Pedro Lemebel?

jueves, 26 de septiembre de 2013

I confess.

Extraño el olor a cocoa caliente de las cinco de la tarde y las baldosas negras y blancas del corredor del patio con aljibe y árboles de jazmín. Extraño la caricia, el beso y el rezo. El ruido del jabón resbalando sobre la ropa que cae sobre una tabla de madera con canaletas para zambullirse en el agua dulce contenida en un latón. Las uvas colgando del parral. El agua fría del otoño, la escarcha sobre el tejido del gallinero. Extraño las gallinas, los conejos y los patos. 

Extraño a mi padre. Extraño a mi madre. 

Ya soy grande, muy grande y sigo extrañando todas esas cosas pequeñas e insignificantes que poblaron mi infancia. Los colores de la tierra donde con tanto amor y tanta paciencia mi padre plantaba su orégano, perejil y cebollines. Los olores de la cocina donde con devoción mi madre revolvía su dulce de higo, deshuesaba una gallina o preparaba un guiso. 
También extraño una cama inmensa con un edredón de plumas. 
La espalda desnuda  donde escribir poemas de amor. 
Leer a Loarca o Baudelaire de a dos. 
Es decir, también extraño a una mujer. 

Hay un eslabón perdido entre aquella parte de mi película y esta. 
¿Cómo llegué hasta aquí? 

Sin madre, sin padre y sin mujer llego a una parte del camino donde empiezo a oler la melancolía de otro octubre. Ese mes que me deprime tanto y donde la nostalgia de lo que fue me desarma todo intento de resistencia. Los ángeles también se han marchado. Y lucho para que el mensaje persista. Recurro a algún buen amigo para que como un espejo me diga lo que ya sé. Tomo litros de agua para limpiar más que mis riñones, el alma. Leo, devoro libros, busco alguna amante, si es casada mejor. No quiero el peligro. Huyo, huyo, huyo del padre de la madre y por sobre todo, huyo de la mujer. 

Me quedo con Dios y también con mis gatos que son la prolongación del amor divino. 

Victoria García
L.A. 2013

martes, 23 de octubre de 2012

En el cine.


Sin querer, arañas mi brazo; me clavas la uñas, escondes tu cara contra mi. Como una niña de ocho años me preguntas si la película es real y cambias de parecer, me invitas con tus palomitas cuando en la puerta de cine me has dicho "...compra palomitas  porque no voy a compartir las mías..." Te aseguro que odio comer en el cine y que no me agrada la gente que come en la sala. "...ustedes los gringos y sus tonteras..!" Ríes  y apuras el paso. Y olvido mi molestia por comer palomitas cuando me ofreces cada cinco minutos en medio de la proyección,  con tu brazo estirado, tus palomitas.

¿Cómo negarte algo? 

Eres la cara opuesta de mi historia y el futuro que no me pertenecerá nunca. La madre de mi salvación y el motor hacia lo desconocido. La fantasía, la ilusión, el deseo. La mano fría que apreto con fuerza y no deseo soltar. El saco olvidado en el respaldo de la silla, la copa de Shiraz compartida, la mirada de ilusión y una fotografía que nunca llegará a publicarse. 

Hubiera deseado conocerte antes, antes que todo sucediera. Pero el destino tiene ese encanto de ponernos en el camino cuando pareciera perdido el tiempo de concretar los deseos. Sin embargo, en la mirada mutua, en las yemas de los dedos enlazadas, en la cintura apretada por las manos, en la sonrisa cómplice, en la embriaguez de un silencio, en el entendimiento de un idioma mal pronunciado, en el respeto del mútuo amor, en ese "I love u" al despedirnos, en la promesa de volver al cine el deseo se cumple en realidad. 

viernes, 20 de julio de 2012

Ceguera del que no quiere ver.

Como muchos ciudadanos de este mundo nací en un país y vivo en otro. La mayoría de mis amigos inmigrantes han decidido traspazar las fronteras y vivir en el gran deseado y odiado Estados Unidos de América por muchas razones. La mayoría, económicas y/o políticas. Yo tengo las mías, de las cuales más de una he escrito sobre ellas (recordaran mi ensayo "De por qué vine a los Estados Unidos de América").

Hoy me desperté temprano, la edad me está jugando una mala pasada y no puedo dormir más allá de las 6 de la mañana. Mi primera intención del día fue venir al café, enchufarme los auriculares y escribir sobre las dos únicas películas que vi en Outfest esta semana - "Margarita" y "Mosquita y Mari"-

Como todos los días bajé mis once pisos en el elevador, y saludé al recepcionista de turno. Hoy estaba Jennifer. Una chica blanca, "guera", "americana", "gavacha", "gringa", "yanki" y poseedora de todos esos títulos poco agradables que el mundo le ha adjudicado a los paridos, criados, educados, de color blanco cuyo idioma es uno solo y a quienes en mi ignorancia y falta de crecimiento humano lanzé tantos epítitos poco humanistas que solamente englobaban un desconocimiento y una soberbia típica de quien no ve más allá de su propia nariz y nunca salió de su propio concepto de "patria", "partidismo político", "filosofía de vida" encerrado en una frontera mental que daña más que una frontera geográfica.

No soy hija de inmigrantes nacida en L.A. No he vivido la mayoría de mis años en L.A. No he sufrido de niña el destrato por el color de mi piel. No he sido estigmatizada por vivir del otro lado de los puentes que separan el este del oeste. No he sido acosada por hablar inglés con acento ni spanglish, no sé lo que es llorar porque el sistema de poder  blanco te niegue en el derecho a estudiar. O te la haga de cuadritos cuando quieres entrar a la Universidad. No sé lo que es estar condenada al ostracismo de los pibes en la calle conformando clanes llamados pandillas mientras los adolescentes de ojos azules y apellidos judíos retozan en sus colegios privados. Hay muchas cosas que mis amigos orgullosamente chicanos han vivido que yo no he vivido.

Quizá por eso a veces, no suelo entender cierto resentimiento y condena por parte de una gran mayoría de conocidos a todo ser de dos patas que tenga color blanco en su piel y viva en Westwood, Bel Air, Beverly Hills etc. porque quizá yo no sé lo que es vivir en el infierno de ser chicano niño-joven-adulto viviendo en la predestinación de ser un "jodido" social desplazado por una fuerza que domina las decisiones políticas y gubernamentales del Imperio que cada día se parece más a un tercer mundo recien nacido.

Pero soy una inmigrante de color viviendo en medio de un montón de gente inmigrante y blanca. Tengo amigos "gringos", tengo admiración por algunas personalidades "gavachas", tengo amor por una niña y un niño "americano", tengo respeto por mis vecinos ancianos que solitariamente viven en sus apartamentos contiguos al mío. Tengo respeto por este pueblo, amor por este pueblo sembrado de muchos colores y gobernado por el interés y poder del que  tiene ausencia de color aunque su presidente sea negro.

LLego al café y Joaquin, el oaxaqueño que tiene dos familia -sra e hijos en Oaxaca y concubina y niña en L.A. y venera a la Virgen de Guadalupe- me sirve el café. Joe, mi vecino con gran sobrepeso y adicción a la computadora me saluda y me pregunta si me enteré de lo sucedido en Colorado. No sé de que me habla. Yo vengo bajo el influjo de una película filmada enteramente en una ciudad latina, con una historia de amor entre de dos jóvenes hijas de inmigrantes latinos, de clase social trabajadora, vengo llena de admiración por que gracias a vivir donde vivo he aprendido de la lucha despiadada por hacer cine en Hollywood siendo chicano o inmigrante latino.

Miro el televisor Abc 7 y el presidente de los Estados Unidos de América, hombre, esposo y padre de color, aparece en pantalla dando un discurso a su pueblo.

http://youtu.be/chTp1QozUDs

Algunos miembros de mi familia y algunos buenos amigos,  han jurado no pisar este país por lo tanto jamás volverán a verme si es que yo no pongo un pie en el país donde nací. Algunos ex colegas me han retirado la palabra por conciderarme una traidora a las ideas de justicia que ellos magistralmente tampoco ponen en práctica debido a que son tan racistas y tan xenófobos como los "gringos" "blancos" que odian.

El punto es, amo este pueblo donde vivo porque amo su gente y al pueblo lo conforma la gente que habita, que sufre, que padece, que disfruta, que lucha, que piensa, o que no piensa pero sienten tanto e igual que el resto del mundo. Y este pueblo es tan colorido como ningun pueblo de los que he conocido. Me duele su dolor tanto como me duele el dolor de otros pueblos invadidos por decisión de gobiernos de este pueblo.

He escuchado la estúpida alegría de quienes carente de empatía por el ser humano celebran los ataques de las torres gemelas, los ataques como los de hoy en Colorado. Las penurias de los Estados Unidos de América son motivo de alegría y felicidad para una bola de ignorantes tan soberbios y asesinos como la figura que critican. La pobreza espiritual y mental de quien se monta en un discurso de odio tanto de un lado como del otro.

Este país dos por tres nos sorprende con masacres o guerras. Esta país tiene heridas que no se exportan, soldados por obligación que disparan sobre sus sienes por no soportar la locura de lo que han vivido en Irak, en Afganistan, en Vietnam. Esta país tiene niños que sonríe cada día sin distinguir el color de la piel de sus niñeras, y crecen y se hacen grandes y jamás olvidan a quienes le dió amor. Pero este país tiene una minoria que maneja los hilos del poder y hace enojar a su pueblo, lo lastima, lo frustra, lo envenena con una educación social de años y años donde el ser humano es descartable. Donde el dominio y la invasión son el camino para la paz del mundo, donde las armas se entregan sin permiso de portarlas, donde la furia acumulada por la represión, por la negación, por la invisibilidad, sostiene un aparato que un día explota y mata inocentes.

No, en Estados Unidos de América no sólo viven los blancos con poder. No sólo circulan limusinas por lujosos bulevares, no sólo hay caritas lindas como Brad o Angelina. No todos se creen dueños del mundo, no todos son locos con metralletas que entran a un cine y matan a un montón de personas. En este pedazo de América el enojo de años y años colma la paciencia y explota en mil maneras. Y explota por dentro. Y sale a la calle y mata niños de 3 meses. Ese niño que yo alimento en mis brazos cada día, que le enseño a decir AJO en español, y le leo cuentos es parte de este pueblo, y este niño un día puede ser obligado a ir a otro país y matar inocentes bajo el nombre de la paz del mundo, este niño puede convertirse en un demente que acribille o ponga bombas en un cine. Y el es pueblo de América. Y no quiero llorarlo ni de bebe ni de grande ni aceptaré jamás que una bola de idiotas se alegren de sus desgracias solo por tener ojos celeste, pelo rubio y nacer en familia "blanca" en el mal llamado Imperio del mundo.

God Bless TODA MI América!

Colorado Shooting at The Dark Knight Rises Movie Premiere

jueves, 12 de julio de 2012

Mi única verdad:


Toda mi vida es una mentira, jamás he superado mis pérdidas.

viernes, 6 de julio de 2012

A un paso.






Más que las puertas siempre me han fascinado las ventanas. Quizá porque crecí en una casa donde la oscuridad y la humedad de las paredes descascaradas, frías, viejas  no me permitían otra cosa que mirar hacia dentro. Mi cuarto no tenía ventanas. Apenas una pequeña rendija en lo alto del techo desde donde podía  observar el cuerpo de los gatos que solidariamente se acercaban hasta ella. Esos gatos ajenos convertidos  en mi única compañía nocturna.

Ahora vivo en un pequeño apartamento, caro, con dos hermosos ojos hacia una de las avenidas principales de la ciudad más codiciada del oeste "americano". A través de ellas veo el cielo, las luces de la gran ciudad de los sueños, el edificio donde mataron a uno de los Kennedy, carteles en coreanos y en inglés, aviones que cruzan, pájaros que vuelan, luciérnagas de la noche urbana sin gatos que me hagan sentir acompañada.

Estas ventanas majestuosas y elegantes de un edificio que alguna vez tuvo glamour y fue habitado por las estrellas más famosas del cine mudo en Hollywood, hoy son mi única alegría. Ellas saben que no miento. Que no hay rostro con sonrisa, ni amigos a doquier, ni familia armónica, ni amantes furtivas, ni amores platónicos, ni gato blanco con ojos azules.

Sólo una inmensa soledad que día a día carcome los huesos como el reuma más atroz de cualquier cuerpo anciano, viejo, cansado. No hay promesas de esperanza, ni credo, ni fe. Todo podría terminar con un mero salto al vacío. Con una fuerza egoísta que me impulsara a dar el paso, el único que acabaría con el infierno del cual solo las ventanas podrían salvarme.

domingo, 20 de mayo de 2012

Sueñito soñaba anoche.

(Dar click en el video antes de comenzar a leer. "Qué más da" Ely Guerra) Los adoquines vovieron a repetirse como aquel viejo sueño donde bailabas tango. La diferencia fue el mar, el mar estaba lejos y no puedo imaginar un Montevideo sin mar. Aunque la geografía le llame estuario y la gente le nombre "Río", para mi siempre ha sido "mar".

Esta vez el agua no apareció pero aparecieron árboles llamados "platanos" -sycamore para que no te confundas con los bananos- sus raíces salían a la superficie por entre las hendiduras de los adoquines grises y abrazaban la calle entre ese borde fino del camino de niños a la escuela y el territorio de los autos viejos.

Era casi un Montevideo antiguo, estoy segura por los adoquines veía la Ciudad Vieja pero lo extraño era la falta del mar. Ahora que lo pienso bien,  se veía como un lienzo donde la pintura semiborrada dejaba a la imaginación del observador el libre albedrío de pintar lo que se le antojara.

Al borde de las veredas las casas nacidas en los albores del siglo XX...las casas con balcones, puertas de dos postigos, escalones de mármol, pasamanos de hierro, ascensores oscuros, rejas pobladas de malvones, paredes descascaradas, ornamentos en los techos, lámparas sin energía, contemplaban mi figura caminando por las veredes angostas.

Yo era más joven -como 20 años más joven- vestia un pullover azul marino con cuello a la base y un pantalón vaquero más azul que el pullover. Mi pelo más negro que hoy y los dedos flacos de mis manos se vían como las terminaciones nerviosas de un cuerpo desgarbado y lleno de vitalidad a pesar de la delgadez. Lo mío no era falta de salud sino juventud.

Caminaba por las veredas desaliñadas de la ciudad poblada de adoquines  y el silencio de una noche sin vida. Y esa es otra extraña manera de ver la realidad. No puedo imaginar el casco antiguo montevideano sin los ruidos de la noche y por ende, sin vida.

De pronto una casa cuyo frente estaba pintado de gris me llamó la atención, por curiosidad por simple curiosidad me acerqué al zaguán marrón que permanecia entreabierto. Asomé mi cabez y sólo pude ver un largo corredor con baldosas pobladas de símboles moros. A los costados varias puertas indicios de diferentes mundos, cada habitación una historia y la invitación a entrar en ellas.

Recuerdo mi sensación de estar profanando un lugar sagrado. Nadie me había invitado a entrar a dicha casa pero la puerta entreabierta despertó mi curiosidad felina y como un zagas gato con esa parcimonia que los caracteriza y la flexibidad de estar siempre listos para huir, caminé por el corredor.
Recuerdo el silencio sepulcrar, la casa como la noche de la calle de adoquines carecía de ruidos.

Una de las puertas de los costados se movió, exactamente la puerta se encontraba sobre mi lado izquierdo. Como un fantasma llamando mi atención caminé hasta el umbral del cuarto, vi el color de la medialuz y entré. Otro cuadro se levantó ante mis ojos.

Estabas allí, sobre una cama con la cabeza reclinada en su cabezera y los piernas cruzadas una sobre otra. Vestías un vestido azul y negro, con escote pronunciado y collares multicolores alrededor de tu cuello.
El azul del vestido hacía juego con la colcha de la cama y las uñas de tus pies pintadas de rojo me recordaron a un poema de Baudelaire. ¡No sé por qué ese estúpido poema vino a mi mente! Y le digo estúpido no por lo tonto sino por lo reiterativo en mi vida.

Tu mirada sonrío al verme y tus manos me invitaron a sentarme en el borde de la cama.
No hablabas, no hablé.
No sé como sucedió, pero después de mirarnos por un tiempo - del cual no tengo indicios cuánto fue pero sí de la profundidad de su existencia- acaricié tus piernas desnudas. No te movias pero podía escuchar tu respiración comenzar agitarse.

Mis manos tomaron el camino de un rumbo desconocido pero imaginado. Serpentearon por debajo de tu vestido, llegaron hasta la cumbre de tu placer más deseado y en ese momento en qué la exhalación de tus ganas de vida se escaparon de tu boca tomates mi mano y dijiste:

- No sigas.

- Sólo dejate sentir, no tienes nada que hacer, sólo sentir.

- No puedo. Sería como estar sola, sería como un orgasmo conmigo misma y yo quiero amar a otro.

.....

Desperté bajo el maullido de mi gato en mi oreja derecha.
Ahora tengo la sensación de que la angustia no ha quedado en el sueño, y quizá al escribirlo se desintegre fuera de mi. Perdón, no soy buena.


miércoles, 2 de noviembre de 2011

de cero

Hace casi un año dejé de escribir por aquí. Sería dificil hacer un recuento de todo lo escrito desde entonces hasta hoy. Mejor comenzar de cero. De todas maneras las páginas en blanco siguen existiendo y las letras se me esconden a menudo. Hace pocos días me visitó una musa. Y fue como un viaje corto e intenso. Dibujé algunas frases y cree un poco de esperanza. Llevé música nueva y puse ilusión en ella. Pero lo esfímero es la constante.

La musa ha desaparecido aunque sigo sus rastro, no logro alcanzarla.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Desamor.

Después de haber querido me pregunto dónde fue a parar la ternura. El rostro singular que la gente veía de mi. Los ojos dilatados, la mirada fundida, las manos tibias, los dedos inquietos. El dibujo de mi letra sugerente, la belleza del otro transformada en palabra, la canción simbolizando el fragmento no escrito por miedo, represión o censura.

Los años de amor esfumados en una correspondencia imposible o una respuesta silenciada.
La monotonía de las cosas no dichas. La rutina del intento inaceptado.

Al final, queda la ausencia de una ilusión infundada.

Cada quien en su lugar a distancia... a pesar de verse la cara cada tanto.
Y la ternura más lejos. Tan lejos que ya ni recuerdo como era.


sábado, 30 de octubre de 2010

Mis amores:

Theo, mi sol.

martes, 26 de octubre de 2010

mensaje en una botella

 Si tan sólo pudiese escribir lo que provocas en mi con la exatitud y la belleza que pudiera estremecer tu corazón. Sin tan sólo pudiera dibujarte hasta alcanzarte y decidieras quedarte conmigo.

Supongo que tenías razón, eso jamás sucedería.

jueves, 21 de octubre de 2010

Entrevista:

Comparto con ustedes la entrevista que realizara ayer para "Cuentame" en Detrasde.com desde la ciudad de Montebello, CA.
Gracias a Luis Ponce y a Claudia por la invitación y les invito a visitar la página.

Un abrazo,

Primera Parte



Segunda Parte

Claudia, Victoria y Luis. "Cuentame" en Detrasde.com

martes, 12 de octubre de 2010

De escuchar conversaciones ajenas.

"
- Oye, ¿ya levantaron la barda del lado de atrás? pero...¡si te mandé el dinero hace tres semanas para que compraran los bloques! No...no, el nopal que no lo tiren. ¿Cómo van a tirarlo con lo que yo lo quiero?
Estoy en el bus si.
Es que el celular tiene ruido raro. ¿Me escuchas?
Mi reina, ¿me escuchas? Estoy mejor sí. No te preocupes, ya estoy comiendo bien.
Los pantalones ya me quedan mejor, fijate que el otro día doña María me los tuvo que agrandar un poquito, así que estoy engordando.
Escuchame gorda, ¿ese cabrón del Chuy fué a conectar la tubería o sigues sin agua? ¡Pinche güey! ¡Pero si le mandé 50 dólares por correo! Seguro se los gastó en la pelea de gallos. Dime ¿y cómo está el José? No me lo vayas a dejar con nadie ¿eh? para algo yo te mando el dinero todas las quincenas. Nada de que se lo dejaste a tu madre pa que lo eduque ¿eh?
¿Estás comiendo bien? No te me vayas a enfermar mi reina. Pa algo yo estoy chambeando duro acá en el norte ¿eh? tú no te preocupes más que en criar bien a mis chamacos que yo les mando el dinero pa vivir.
¿Que si los extraño?
¡Los extraño mucho! Me haces falta, tú y los escuincles. Pero no quiero que se vengan pa acá, no quiero que tengan que cruzar ¿me entiendes? Mejor estoy solo acá y ustedes están más tranquilos allá con la familia.
Te quiero mucho mi reina. Si, si, pronto vamos a estar juntos. Espero poder ir pa la fiestas. El Chamo dice que después pagamos el mismo coyote que es seguro...el que nos trajo, si. Ese cabrón es bueno en lo que hace. María, tengo que colgar porque se me termina la tarjeta. Escuchame, dile a Don Jaime que te levante el murito ¿oíste? que si necesita más material te diga. Yo te llamo de nuevo el domingo y si necesitas dinero me dices y lo pongo el lunes en el correo. Voy a cobrar un trabajito extra que hize con el cuñao de la Paquita. Sí, cortándole el pasto del jardín. Bueno María, te quiero mucho mi reina, ¿oíste? me abrazas mucho al Jocesito le dices que lo quiero, que es mi consentido. Y me lo cuidas, ¿oíste? Sí, los extraño. El domingo vuelvo hablar, me saludas a mi amá cuando la veas, dile que la quiero mucho...¿bueno?..¡¿bueno?!

¡Pinche tarjeta! ¡No dura nada...!"

jueves, 7 de octubre de 2010

Y aunque no quiero...

intentaré olvidar tu alcoba y el color de tus sábanas. Procuraré quitar el aroma de tu cabeza sobre la almohada, ese perfume que durante días provocó sueños extraños e imposibles de cumplir. Acudiré a mi desmemoria y dejaré de buscar los títulos encontrado en tu biblioteca. Me aferraré a la necesidad de olvidarte. Adorar la imagen de tus ojos clavados en un espejo me conduce a la desperación. Y no es bueno. Lo dicen la salud, la justicia y la cordura. Ese pedazo de bondad racional que aún cargo conmigo. Lo dice tu hartazgo y tu rechazo a mis palabras. Esas que intentan expresar la inconciente probocación de tus labios y de tus uñas pintadas de rojo.

Tus labios son para otros. Tus manos y tus sueños también. La mirada tierna, la palabra amorosa, el deseo brotando de tus senos, el suspiro ahogado en la madrugada, la intimidad que guardas en tus cuadernos, la copa de vino en solitario, el amor no correspondido y la esperanza de tu próximo amante tocando a tu puerta...nada de lo tuyo es mío. Sólo el vacío de saber que prefieres la ausencia de mi.

jueves, 12 de agosto de 2010

Confesión para usted.

Sueles decir "tu intensidad me aleja" y huyes de todo lo mío. Te escondes de mis palabras, de mis irracionales letras, de las estúpidas canciones que me vuelven torpe. Del cuerpo que temes sentir sobre ti porque el miedo disluye cualquier intento curioso.

Represento la furia reprimida, el deseo contenido, la maraña de miedos acorralando tus ganas. Los húmedos sueños que jamás contarás. El silencioso orgasmo diluído en el pavor de ser descubierta. Mueres por sentir más de lo permitido. Mueres por vivir la locura que adivinas más no aceptas.

Así que  encerrada en tu caparazón de miedos disfrazados me despido de ti.

La paciencia tampoco es un arma eficaz para mi desaforada necesidad de dar. 
Quería desnudar tus ganas de experiencias nuevas, únicas e irrepetibles. Darme y darte. Permitirte, hacerte sentir.

Pero mi intensidad asusta. Y aunque me extrañas y te extraño sin haber tenido nada por el cual extrañarnos sigo mi camino, procuro estar bien y te dejo en paz.

martes, 13 de julio de 2010

Después de tanto tiempo.

Diez años atrás caminaba por la costa del Río de la Plata, exactamente por la rambla Sur; ahí donde Javier Barrios Amorin cruza San Salvador y muere en la costanera. Era invierno. El oleaje como suele hacer durante los inviernos motevideano golpeaba sobre el cemento su furia indomable.

Bravo como ninguno, majestuoso y gris, el Río como Mar -que ni es río ni es mar- hizo las veces -cómo otras tantas veces- de padre consolador, de madre comprensiva y confidente hermano mayor.

Con la mirada perdida en busca de una orilla que nunca llega a verse, arrodillada como en el más sagrado de los altares confesé mi secreto: dejaría atrás las navidades de verano, el olor a las tortas fritas cuando llueve, al chimichurri recién hecho sobre el medio tanque, el sonido de los tambores cruzando cada domingo Isla de Flores, el vino tinto en caja y los ravioles caseros de mi madre cada vez que la visitaba.

Ni la crisis económica, ni el exilio político,  ni la mediocridad social que no aceptaba a raja tabla mi escencia  fueron razones valederas para hacer tal confesión. La única excusa posible fue el amor.
Un amor que había llegado de sorpresa para enseñarme que el mundo ni era ancho ni era ajeno. Y que detrás de los límites, las aduanas, las fronteras, existían nuevas lecciones que aprender.

Por casualidad o por designio divino yo había nacido en un país sin nombre propio. Una República situada en el lado oriental de un río de cuyo nombre se apropió: Uruguay. O Río de los pájaros pintados, como nos gusta llamarle a quienes estamos deseosos de reivindicar nuestra raíz indígena.

Crecí en una población llamada "los que bajaron del barco", hijos de emigrantes italianos y españoles. La historia que me contaron fue de exterminio y de aniquilación. Tuve que llegar a leer los libros de Galeano y de Vidart para aprender que antes de los españoles mi tierra tenía historia, raíces que se prendieron a nosotros los nietos y tataranietos en un mestizaje espiritual más que biológico.

Deseosa de aprehender el mundo de quien fuera en aquel entonces la elegida como compañera de vida,  tomé un avión y dejé impresa en mi memoria la última imágen de mi país: una vista área de azul celeste con muchos puntitos verdes. Y atrás el Río como Mar guardando mis secretos y mi promesa: "con vida o sin vida volveré a vos pero mientras te dejo lejos porque si te llevo me muero antes de llegar".

En más de una oportunidad en estos diez años por asuntos de sobrevivencia emocional tuve que acallar el recuerdo de esa caminata invernal llena de confesiones a mi río. Tuve que adoptar otro lenguaje, otras palabras, otros acentos, levantar otras banderas, dejar de tomar mate aún en mi propia casa porque el mate se comparte no se toma a solas.

Y conocí de la pasión y nacionalismo mexicano y me contagié de las cosas lindas de ese segundo hogar que generosamente se me otorgó.

Amé cada instancia vivida en la nueva tierra -aún las que cómo sudaméricana sufrí- y admiré por sobre todas las cosas el nacionalismo exagerado  de  un pueblo que me mostraba  con orgullo  su identidad indígena a pesar de la aculturización. En el fondo quería ser como ellos. Conocer el patriotismo absurdo.

Como uruguaya la identidad se me hacía ajena. Eramos el calco de una europa peninsular italo-española. Misma cultura, mismo apellido, misma sangre, mismo idioma, mismas costumbres, misma comida, misma educación.

En mi casa,  las postales y fotografías de indígenas latinoamericanos abundaban por todas partes. Recuerdo en mi viaje a Chile antes de convertirme en emigrante mi admiración por el pueblo  mapuche y huiliche.  Y mi envidia por no tener de índigena  más que una garra emocional.
 En verdad creo mi necesidad de no ser una fiel copia de mi ancestros le ganaba a la realidad.

Después de diez años de adormecer una gran parte de mí y de cuarenta y pico de años de buscar un sentimiento de orgullo nacional me siento frente a un televisor.

Miro un partido de fútbol, grito un gol con toda el alma, me pongo de pie a cantar el Himno uruguayo, con los pocos dólares que me queda me compro una camiseta celeste,  saco mi matera de cuero con la inscripción "Mi charruíta linda" comprada en la 18 de julio -que hoy se me hace tan angosta- por aquella excusa de amor que me impulsó a conocer un poco más del mundo.

Tomo el metro, me cebo un mate, no me importa que me miren, que parezca un bicho raro.  Cocino mis propias empanadas, mis choripanes, contagio a mi roommate colombiano de la emoción del encuentro con mis cosas, escribo hasta el hartazgo en las redes sociales sobre la pasión y el fervor que me brota.

Me olvido del resto, de los mexicanos, de los centroamericanos, de los españoles, de los brasileños, me olvido del orgullo de los otros  y lloro como un niño que se ha perdido de la mano de su madre y al fin la ha encontrado.

viernes, 9 de julio de 2010

catarsis ...

Una vez tube una casa, un gato, un amor y la mujer más hermosa del mundo a mi lado.

La casa olía a lavanda, a través de sus ventanas podía ver el sol amanecer y la majestuosidad de un cerro coronando la ciudad que no era mía. Al mediodía la mujer destapaba la olla que rugía desde el fuego y servía sobre mi plato las bendiciones que sus hermosas manos habían cocinado para mi.
A la noche tomaba un libro  desde el librero marrón y leía en voz alta a la mujer más bellas, las palabras de mis autores favoritos.

Sus ojos de gacela en celo incrustados en los míos despertaban la fuerza de mis manos entonces dejaba de leer y comenzaba a escribir sobre su piel mis mejores poemas. Acorralada entre un sillón de pana verde y almohadones de saten desnudaba sus prejuicios. Sus quejidos eran la música que acompañaba mis madrugadas.

En ese entonces todo era perfecto.
El gato, la mujer y yo teniamos una misma casa.
Quiero decir teniamos un mismo amor.
Y el mundo era el mejor lugar para vivir.

Eso sucedió siete años atrás ahora el mundo es una guerra de palabras. Un amor desencontrado, una casa llamada sofá, unas ganas locas de irse a no se donde. Seguramente a un lugar donde volver a tener una casa más grande, con ventanas por las cuales ver montañas que coronen una nueva ciudad, algunos hermanos para el gato, la mujer más bella del universo durmiendo a mi lado y por sobre todo un mismo amor. 

Parece tan lejos todo...y tan ridículamente inalcanzable.