Si tan sólo pudiese escribir lo que provocas en mi con la exatitud y la belleza que pudiera estremecer tu corazón. Sin tan sólo pudiera dibujarte hasta alcanzarte y decidieras quedarte conmigo.
intentaré olvidar tu alcoba y el color de tus sábanas. Procuraré quitar el aroma de tu cabeza sobre la almohada, ese perfume que durante días provocó sueños extraños e imposibles de cumplir. Acudiré a mi desmemoria y dejaré de buscar los títulos encontrado en tu biblioteca. Me aferraré a la necesidad de olvidarte. Adorar la imagen de tus ojos clavados en un espejo me conduce a la desperación. Y no es bueno. Lo dicen la salud, la justicia y la cordura. Ese pedazo de bondad racional que aún cargo conmigo. Lo dice tu hartazgo y tu rechazo a mis palabras. Esas que intentan expresar la inconciente probocación de tus labios y de tus uñas pintadas de rojo.
Tus labios son para otros. Tus manos y tus sueños también. La mirada tierna, la palabra amorosa, el deseo brotando de tus senos, el suspiro ahogado en la madrugada, la intimidad que guardas en tus cuadernos, la copa de vino en solitario, el amor no correspondido y la esperanza de tu próximo amante tocando a tu puerta...nada de lo tuyo es mío. Sólo el vacío de saber que prefieres la ausencia de mi.
Sueles decir "tu intensidad me aleja" y huyes de todo lo mío. Te escondes de mis palabras, de mis irracionales letras, de las estúpidas canciones que me vuelven torpe. Del cuerpo que temes sentir sobre ti porque el miedo disluye cualquier intento curioso.
Represento la furia reprimida, el deseo contenido, la maraña de miedos acorralando tus ganas. Los húmedos sueños que jamás contarás. El silencioso orgasmo diluído en el pavor de ser descubierta. Mueres por sentir más de lo permitido. Mueres por vivir la locura que adivinas más no aceptas.
Así que encerrada en tu caparazón de miedos disfrazados me despido de ti.
La paciencia tampoco es un arma eficaz para mi desaforada necesidad de dar.
Quería desnudar tus ganas de experiencias nuevas, únicas e irrepetibles. Darme y darte. Permitirte, hacerte sentir.
Pero mi intensidad asusta. Y aunque me extrañas y te extraño sin haber tenido nada por el cual extrañarnos sigo mi camino, procuro estar bien y te dejo en paz.
Tu orfandad y la mía son iguales.
La figura de una madre casi inexistente pesa tanto como la tumba de una madre muerta.
Te imagino por las noches arropada entre almohadas que simulan el cuerpo masculino de algún viejo amante o en el insomnio de la madrugada repasando los viajeros instantes de fortuitos encuentros.
Cierro los ojos y puedo verte a la mañana mientras preparas el café.
Siento las yemas de tus dedos dibujando mensajes o marcando un número a distancia para re-encontrar la voz que cruzando distancias calme la desesperación de ser niña abandonada.
No necesito estar me basta la imaginación. Te imagino y es como verte.
Te sé y lo sabes aunque me niegues. Aunque te escondas de la intensa manera de pensarte. Esos lazos invisibles que nos unen o esos felinos nombres que hacen real nuestra compañía. La música que escuchas o los libros que lees, los viejos cuadernos con sus páginas en blanco, el libro que aún no te animas a escribir y los árboles que un lunes al atardecer nos acobijaran.
Tu orfandad y la mía son hermanas desde el sur y amigas desde el norte.
En el mismo espejo nos miramos y fué así que reconocimos sin nombrar el sentimiento desgarrador de una niñez atormentada y de una adolescencia rebelde luchando por sobrevivir.
Era domingo y mientras el insomnio sobresaltaba la madrugada en el lecho de tu casa, una imagen de tu risa se dibujaba en la pared de un bar de mala muerte donde una pequeña pista de baile se convertía en mi infierno personal.
Una alucinación de tu rostro dibujada en la pared con fondo azul, la imagen perfecta de tu guiñada tintineante. El certero poder de tu ojo clavado sobre mi frente. El sudor bajo mi ropa, el delirio de querer estar lejos de la música y de los cuerpos ajenos. El deseo de querer estar contigo en tu casa y con tus cosas más queridas.
Pero otra sonrisa en otro cuerpo se alzó ante mí. Un cuerpo joven pegado a mi cuerpo, un par de ojos negros metiendose en mis ojos marrones. Las caderas de una mujer que ha parido hijos y que intentan enseñarme a bailar salsa.
Su pelo rizado, su color de piel canela, su seductora caricia sobre mi cuello nada tenían que ver contigo. No eras ella, y cuando mis manos apretaron sus pechos dije tu nombre.
Y como por arte de magia tu sonrisa dibujada en la pared del bar desapareció.
Quizá fue en ese momento donde despertaste sobresaltada por un ruido que jamás existió.
Tu muros, mis muros por momentos se derrumban. Son efímeros instantes en que una palabra dibujada o una guiñada sobresaliendo por sobre el escote de tu blusa se apoderan de mis fuerzas y derriban el más alto de mis cercos. Los tuyos se diluyen tras el silencio como granos de azúcar en medio de un oscuro espresso. Te acercas en mi lejanía. Cuando quieres y a tu modo.
Te asemejas a un gato tras un ratón. A un bravío cazador estudiando de lejos y a escondida su presa. Agazapada y silenciosa. Estudias el momento justo y lanzas el zarpazo cuando menos lo espero.
Ahí estás guiñando un ojo, sonriendo con la mirada mientras quita de tu pecho un pedacito intruso de ternura que se ha colado en un: "te quiero como sos" que endulza el oído pero a la vez espanta.
Derrumbas el muro mientras tomas una cuchara y bebes la sopa de mi plato. Y te miro como adorando el segundo en que pasa por tus labios el liquido oloroso de los hongos mezclado con las espinacas, se desliza por tu lengua y recorre por dentro el territorio que te forma. Quisiera ser cada gotita de sopa que alimenta tu vida. Y pienso que seguramente cuando niña odiabas la sopa.
Me pregunto si en tu niñez seríamos amigas, me lo pregunto ahora en que me pides una y otra vez poder serlo. Y tengo miedo, miedo de tí que me haces escribir las palabras que no puedo decirte.
Atrapo cada segundo visual de tu imagen. Te veo allí con tu mano apoyada contra un árbol mientras conversamos de cerca, tan cerca que puedo meterme en tu aliento. Tan cerca que tus ojos se meten en mí como el aire entra en mis pulmones. Te pregunto si te ha gustado lo que he escrito. Me dices que ya lo has dicho y en realidad mi pregunta es mentirosa. En realidad quiero preguntarte si te ha gustado lo que te he escrito. Entonces me doy cuenta que tengo miedo. Miedo de tus respuestas, miedo de tus no, miedo de que te alejes cuando en realidad estás cada día más cerca.
Yo tenía una madre, igual que vos. Sí. Así, como todo el mundo. Todos tenemos una madre cuando nacemos. Una de esas que te alberga nueve meses en su vientre. Solamente que vos no la conociste. Bueno, confieso, tampoco yo la conocí mucho. Pero era mi madre.
Dicen que mi madre me amaba tanto que decidió desprenderme de ella y dejarme en otra casa que no era su casa ni la mía, pero la cual me daría lo que ella no podía darme. Bueno, unos dicen.
Porque otros dicen que era tan poco lo que me quería mi madre, que prefirió alejarme de ella. Dicen que ella era peor que una gata, porque ni las gatas dejan a sus hijos cuando los tienen.
Pero digan lo que digan, lo cierto es que yo tenía una madre; así, igual que vos. Solamente que mi madre nunca me bañó ni me dió de comer. Tampoco me cuidó cuando tuve el sarampión y las paperas. No sé por qué faltó a mi cita con el doctor y nunca fué a recogerme a la escuela. Pero yo la esperaba. La esperaba todas las noches cuando el ómnibus que venía de la capital paraba en la esquina de la casa dónde me criaban.
Criaban es una palabra dura. Pero me acostumbré a ella.
Me decían "la criadita de Don García". Y bueno, no era que yo fuese sirvienta, pero tu madre, me lo gritó en la cara cuando te tiré una piedra con mi honda de matar pájaros. Mirá, Rosario, tu vieja era una hija de puta, por más que fuese artista pintora. Y si yo te tiré la pierdra fue porque vos me tenías repodrida gritándome "marimacha"...¿marimacha yo?...si tenía el pelo largo y bien cuidado. A vos te reventaba que yo no quisiera jugar a las muñecas. Y es que Rosario ¿no te desayunabas de que yo no tenía instinto maternal y odiaba a las muñecas?
Conocí la muerte cuando tenía siete años, la escuché caer de golpe casi al mediodía en la cocina de mi casa mientras sentada en la mesa del comedor terminaba mi tarea de gramática. Empezó con un grito, agudo, fuerte, seco. Continuo con el cuerpo de mi madre tirado sobre el piso de baldosas color vainilla. Su rostro de frente, tieso, paralizado y frío. Sus lentes redonditos de lado sobre su costado izquierdo.
La muerte no me espantó lo que me espantó fue la ausencia de ella.
El preguntar dónde carajos se había ido después de trece días en que la ambulacia llevara su cuerpo lejos de la cocina de casa y el no tener respuesta. La falta de ravioles caseros en mi plato de los domingos, el silencio de Mercedes Sosa en la radio, la desaparición de mi cuento por las noches, la carencia de una palabra cariñosa o un mimo sobre mi pelo.
El llanto de mi padre vestido de negro y los domingos de idas al cementario lo ocupaban todo.
De lo demás, de las cosas de mi madre, nada quedaba.
Odiaba el olor a muerto, el olor a pinos, el amarillo de los crisantemos y el agua podrida en los botellones de vidrio verde. Odiaba a los niños con madres, a la ropa limpia recien lavada tendida al sol, al ruido de las ollas ajenas, a la sonrisa maternal de las maestras, a las sonrisas suprimidas en la sala de mi casa.
Todo terminado, acabado, destruído, la muerte se convirtió en ladrona de mi niñez.
Hasta que aprendí a matar.
Y crecí siendo la asesina de mis propios muertos. Aprendí a estrangular un sentimiento, a estrujarlo hasta exalar el último de sus suspiros. A quedar impávida, fría y sin miedo al dolor emocional. La muerte no me daba miedo, me atraía tener el poder de matar pero me aterraba la ausencia que proseguía a la muerte.
La muerte sigue sin darme miedo pero me aterra tu ausencia en mi pensamiento.
Esa calma fría comparada a la nada.
El helado silencio de un mensaje no respondido.
El recuerdo de una imagen feliz, asesinada.
La llamada que nunca se responderá.
¡Hay tantas maneras de matar!
¡Hay tantas maneras de morir!
Te he visto caminar mientras las hojas secas crujían bajo tus pies, mirar al cielo, respirar hondo, llenarte los pulmones de aire verde, de aire pino, de aire malva. Observar dos chicas sentadas en un mismo árbol escondiendo quizá una historia de amor secreta.
He visto tus ojos claros sonriendo mientras la tristeza de una agonía que pareciera no tener fin, se sentía acompañada por un ratito, menos sola y menos triste. Te he robado una sonrisa invitandote a tomar un té en la casa de mis sueños. Te he contando la historia de mi tío que vivía en el campo y que me llamaba puta a mis seis años por usar pantalones rojos. Me has preguntado si realmente el rojo enfurece a los toros, has llamado estúpido a mi tío y he sentido tu homenaje a mi niñez.
Me he perdido en tu deleite al escuchar los sonidos de la tarde cayendo sobre el monte, he recordado el croar de las ranas en aquellas tardecitas donde jugaba a mis 12 años a ser explorador y he sentido un salto del corazón al verte sentada con las piernas cruzadas mirando el agua de la cañada deslizarse por las rocas bajo un techo de árboles y enredaderas.
Quise guardarte en ese instante para siempre. Tomar tu imagen como una fotografía mental en mis retinas, llevarte para el resto de mis días. Quise creer que vendrán nuevos caminitos por caminar así de cerca, contandonos cosas, sonriendo, intentando descrubir-nos entre árboles.
Estar ahí, donde alguna vez desee estar, entre la naturaleza y tus ojos. Que me dejes cerca de vos tanto como quieras dejarme.
Como un par de niñas, como dos adolescentes o como lo que somos, dos mujeres que se dan amor como pueden darlo.
La dulzura que desprendes de tus ojos como saeta cruza la ciudad, viaja sin que puedas darle dirección y aterriza en mis sueños. Cada noche, cada mañana ahí estás en mi cerebro.
Te haces letra, canción, poema, palabra, música. Vienes sin querer llegar y te instalas sin desear quedarte.
La dulzura se convierte en pesadilla cuando una y otra vez intentas huir de mí sin dejarme.
Ya no eres una imagen, una pintura, un cuadro, una madonna.
Eres un verdugo, una condena, un asesino. Brota tu sádico placer en cada sueño que me robas.
Y en silencio de lejos disfrutas cuando lees cómo desangras mi deseo de lo utópico.
Anoche he soñado contigo. Que llegabas a casa, blanca, inmaculada con tus manos frías a tocar mi puerta. Me recuerdo ahora de otras esperas. De otras noches donde el ruido de un motor que aminoraba la marcha se convertía en un disparo de ansiedad y taquicardias.
De niño, nuestro reloj interno funciona cien veces más lento que de grande. Será por eso que uno nunca termina de curar los dolores de la infancia.
Los segundos se convierten en días y los días en años. Como un gato que de cumplir un año ya ha vivido siete. Para ellos el tiempo no es el nuestro. Y hoy mientras miraba tras las ventanas de casa, ese auto blanco que estacionaba al borde de mi acera, el corazón volvió a latir eufórico. Quizá había desistido de la diaria rutina de tus días para llegarte hasta aquí a tocar mi puerta.
Cerré los ojos y en un segundo recordé aquellas noches en que el autobús proveniente de la capital, exactamente a la una, en medio del silencio sepulcral de la madrugada se estacionaba en la esquina de la avenida Yaguarón y Rivera frente a la panadería Cores. Entonces, cerraba los ojos y mi corazón de cuatro años acelerado pensaba:
-¡Ahí, llega!
Metida bajo una manta gris apretaba la mandíbula y los ojos, estrujaba mis manitos, rompía mis dedos contando en marcha regresiva el tiempo entre el motor que aminoraba la marcha y el golpe en seco de una mano de bronce colgada en la puerta de calle. Los minutos eran una eternidad que cruzaban las baldosas rotas de la bodega de Don Ruiz, la casa de la flaca Gladis, el muro de Doña Cándida, el perro de Don Benito que nunca llegó a ladrar....Luego el silencio cortado por el motor acelerado que partía rumbo a la central de autobús del pueblo. Y mis ojos que se abrían y mis manos que se abrían y otra vez, la espera sin premio ni regalo.
Yo miraba el cruxifijode plástico fluorescente que en la noche se me hacía inmensamente grande y luminoso colgado de la cabecera de mi cama de jergón, miraba a ese sabelotodo que cuidaba mis espaldas mientras yo dormía, y le decía:
-¿Cuando va a llegar?
Si respondió alguna vez nunca lo supe porque no entendí su lenguaje jamás. Sólo el silbido lejano del tren proveniente de Mercedes rumbo a la capital a la una y media de la madrugada cuando los trabajadores del frigorífico iban a trabajar.
Entonces me dormía sin sueño de puro coraje y desilusión. Me dormía pensando que mañana tal vez fuese diferent porque desde chica a uno le enseñan a esperar.
Pero la diferencia entre ayer y hoy es abismal.
Mamá debía llegar y no llegaba, en cambio tú, siempre llegas de sorpresa aunque sea en mis sueños.
"Todo lo que reluce bajo el sol es vanidad" Cap. 3 del Escleciatés. La Biblia.
Vanidad los ojos que te miran desnudarte, los míos. Ojos sin gracia de esmeralda o espejo del cielo. Marrones, comunes, ojos mestizos de la América sureña. Vanidad las manos que te dibujan, las mías. Sombra de dedos largos sobre tus pechos blancos; yemas cual crayones en papel de seda. Manos de obrera reina sobre los volcanes de tus senos. Vanidad que brilla por los poros de mi piel rozando tus piernas. Piel curtida de sol y aire caliente, suave y morena. Vanidad mis dedos cuando penetro hasta el rincón más oculto de tu integridad. Vanidad tenerte por sobre toda debilidad, error o miedo. Vaciar tu aliento sobre mi hombro mordido, sepultar tus ganas en mi deseo. Vanidad amarte más de lo que pudieron amarte otros. Vanidad entrelazarte entre mis piernas mientras tu pubis baila sobre lo que otros, otras no pueden ver=tener de mí. Vanidad tu cuerpo en mi cama, la cortina salpicada de sangre y Dios.
Por años quise conocerte. Mirarte a los ojos e invitarte a tomar un café. Por años seguí tu pasión de ser quien eras, una mujer que llamaba las cosas por su nombre y le daba voz a muchos como yo.
La primer fotografía de tu rostro la encontré en un periódico viejo. Estabas lejos, en otro país y en otra vida muy diferente a la mía. Busqué entre mis cosas alguna manera de llegar hasta tí, lo intenté y el silencio fue la respuesta.
Un día sin saber ni cómo un enlace nos cruzó. Supongo que la curiosidad fue la artífice de tu acercamiento. ¿El mío? ese estúpido espíritu adolescente que lleva a enamorarnos de nuestros maestros. El enamoramiento que comienza con admiración y se pierde en ausencia.
No existió café ni vino ni cena. No hubo caminata ni baile ni fiesta. Aún así existió un apretón de manos húmedo y nervioso con una sonrisa de alegría y curiosidad en tu rostro. Con la duda del estar soñando o viviendo la realidad en mis ojos.
Nunca creí en los milagros. Siempre creí en la tenacidad de dejar hasta la vida por alcanzar un deseo. Y los pedazos de vida se me esparcieron en mensajes a los cuales la costumbre te llevó a leerlos y la mayoría de las veces, responderlos.
En una maraña de letras los sentimientos se convirtieron en olas. Iban y venían. Y en su vaivén, la cercanía y el rechazo se mecían como un niño que no quiere dormir pero al final le vence el sueño.
Nos dijimos cosas y otras las callamos. Nos abrazamos algun día y la mayoría de las veces reímos. Nos encontramos en muchos puntos de coincidencia y nos dimos miedo una a la otra. Nos leimos, nos miramos, nos saludamos, nos dijimos amigas sin en realidad serlo. Sentiste mi mano en tu cintura y sentí tus ojos esquivar los míos. Sentiste la poesía de mi letra y sentí tu halago. Sentiste que algo extraño no compaginaba en tu sueño y por días no pude dormir. Sentiste que yo estaba errada y sentí tu incomodidad.
Entonces llegó el día en que te fuiste sin irte y decidí irme sin dejarte. Me encerré en el oscuro agujero del rechazo y te coloqué en el mismo lugar donde estabas en otro país y con otra vida ignorante de la mía.
Nadie sabrá jamás que existes. Ni una sola de mis letras delatará tu imagen y sin embargo, cada palabra estará impregnada de tí. En cada oración tu rostro y en cada párrafo tu nombre. Serás la razón de mi deseo, mis ganas diarias de escribir. Dibujaré tu mirada en cada línea y en un sólo párrafo pintaré tu desnudez. Derrivaré todos tus muros y sin tocarte mis manos elevarán hasta tu boca mi nombre. Sin quererlo serás mía. Más allá de tu razón te entregarás. No podrás resistir a mi terca pluma. No podrás esconderte de mí. He de penetrar hasta el más secreto de tus sueños. Arrasaré con todas tus dudas, develaré lo que aún no conoces de tí. Serás quien aún temes ser. Serás en mi letra, en mi fantasía, en mí. Y nunca jamás nadie sabrá que eres tú. Mi bien. Tu ser.
“Me dijiste que no querías morir en Los Ángeles. Tenías treinta años y la cabellera roja. Yo entendí que no querías vivir en Los Ángeles. No quiero morir en ninguna parte, Te contesté. De Los Ángeles al Infierno sólo hay una Autopista demasiado rápida Y tú la recorrías todos los días.”
(Cristina Peri Rossi)
Creo haber leído que entre los poetas y los brujos no hay diferencias. Los poetas vaticinan el futuro como los chamanes curan heridas sin medicinas. Cortazar y vos eran buenos amigos. Sseguro anduvieron junto en más de un aquelarre. Y yo que sólo soy una aprendiz guardo tus palabras en la memoria.
Alguna vez, también me han dicho que soy magia. Pero salvando las distancias entre ustedes, la literatura y yo, al igual que ustedes, también me hundo en el abismo de las palabras. Que no peco de soberbia ni mucho menos. Tomo casi como Hemingway pero no escribo como el.
Tenías razón Cristina, entre L.A. y el infierno solo existe una autopista.
Como si mis dedos fuesen pinceles y dibujara tu cuerpo sobre un lienzo. Como si de pronto nacieras desde mis manos y te proyectaras a través del tiempo, te pintaría como un mural renacentista. Como una Madonna coronada por joyas de plata y piedras preciosas.
Guardaría en ti el tesoro celestial que esconden los monasterios, la indomable beatitud de mujer sagrada; la lírica de algún himno angelical y la seducción inocente de tu sonrisa.
Serías por siempre niña-virgen, mujer-madre. La celestial imagen atemporal celadora de todos los cielos. Me guardarías del horror, de la miseria. Te convertirías en la promesa eterna de mi resurrección. Serías de mí para ti.
De mis manos destellando color hasta la imagen felina de la hija que nunca diste a luz pero criaste. De mis manos hasta los racimos de uvas colgando a tu costado. De mis manos hasta el ropaje de tus ojos celeste y tu pelo iluminado. De mis manos hasta el borde delineado de tu rostro.
He perdido el encanto de adivinar lo que hay en vos. Ya no puedo saberte, te has replegado en tu caparazón de molusco. Te vas como adentrando en la mar de la distancia. Me alejas. Te alejas. Ningun hilito de mí sostienes con tus manos blancas, con tus dedos largos. Tus dedos de pluma que escriben sobre la piel inventada de otros que no nunca serán tuyos. Me recargo en el recuerdo de algún viejo mensaje, en la letra que ya olvidaste por haberla escrito sin pensar. En el sentimiento que alguna vez sentiste frente a tu vieja costumbre de leer mis largas respuestas. En las historias que un día te conté de mí, en los sueños que no llegué a contarte. Te vas. Me alejas. Y no me queda más remedio que escribirle a nadie lo que en realidad te escribo a tí.
Luego de diez años en dictadura militar, no estaba en mis planes cruzar el río para seguir asediada por estatuas a un general. Pero aquella opción de viajar a tierras guaraníes no se podía descartar así como así. Paraguay tendría otras cosas aparte de milicos y evangelistas.
Por aquel entonces andaba intentando cambiar mi destino. Ser lesbiana en un pueblo chico no era tarea fácil, menos en aquellos tiempos de silencio obligado. Así que entre bofetadas familiares, habladurías de pueblo, sanciones de colegio católico y abandono de amigas "derechas" dejé el río y me instalé frente al estuario. Montevideo se me antojaba Europa; pero en asuntos de orientación e identidad sexual, resultó ser más una aldea social que una ciudad de vanguardia.
Ante aquella desilusión capitalina y en medio de una adolescencia acallada por las autoridades y la mojigatería pueblerina, incursioné en la búsqueda de la verdad que me haría libre: Cristo Jesús ¡La Respuesta!
Y no es que la religión cristiana fuese mi objetivo de vida. Supongo que si Charles Manson hubiese llegado hasta mí con una descripción de felicidad tan perfecta, hubiese sido también su fiel y comprometida seguidora.
Allí me encontraba yo por los setenta y pico, intentando ser aceptada como ser "normal" cuando me ofrecen un viaje misionero. Nadie sabía de mi lucha por dejar de ser homoerectuslesbian, es decir una torta activa con todas las letras. Ni de mis oraciones nocturna para que el espíritu santo me quitara el demonio hormonal que me provocaba la hija del pastor. En esa escenografía personal e ítnima llegó la noticia que me condenaría por siempre a las llamas del infierno:
"Victoria y Maribel, han sido elegidas para viajar juntas en la misión de jóvenes cristiano de nuestra Iglesia rumbo Asunción del Paraguay" -dijo el patriarca de la Iglesia.
Confieso, el viaje me pareció una tentación demoníaca. La manzanita que tentaría mi diente. Pararon los días, he instalada en medio de gringos rubios con dinero y cruces en la solapa, escuché la voz apagada de un pueblo que llevaba tristeza en los ojos. Por alguna razón, los ojos de los indígenas se me hacían tristes. Más tristes que en las postales de UNICEF. Las cuales siempre me habían parecido tristes.
Aquella tierra colorada no tenía nada de atractivo a mis ojos. Salvo la gente, la pobreza magistral, los piojos, el guaraní como lengua oficial, los indios en la reserva luciendo Levi, salvo eso y las residencias de los millonarios dictadores, nada me decía aquella geografía de humedad y mosquitos.
A casi un mes de vivir en Asunción, lejos estaba yo de saber que Paraguay, había sido en un tiempo nuestra primer potencia americana. Galeano ya había publicado "Las venas abiertas de América Latina" y se encontraba exiliado. Mi generación no tenía acceso a saber la verdadera historia. Esa que en ni en la escuela ni en nuestra casa nos podían contar. Las maestras desaparecían, los escritores desaparecían, los periódicos desaparecían. La historia se aplastaba con botas y metralletas. Y a Dios se le había escapado el detalle de nombrar a Paraguay en la Biblia.
Pero la intuición me decía que Paraguay tenía algo más para mí. Todo sucedió en un viaje a Cataratas de Iguazú. El plan era esparcimiento del grupo. Distracción. Convivio. Y los nuevos aires cargados de húmedad tropical y verde paradisíaco me permitieron descrubrir dos cosas:
1. El cuerpo de Maribel semidesnudo. Una cama grande. Una noche de fiebre hormonal adolescente, un calor desconocido en Montevideo. Y la condena eterna al infierno. Un cuerpo indebidamente acomodado sobre otro cuerpo. El descubrimiento de lo prohibido. La hija del pastor y yo.
2. Las Cataratas del Iguazú. El único espacio son bustos al General Stroessner, sin milicos, sin metralletas. La garganta del Diablo convirtiendo un hilito de agua en un grito desesperado de libertad, la bandera natural de un arco iris dibujado sobre la caída de millones y millones y millones de gotitas que juntas abrazaban la vida. Una imágen convertida en otra, un paisaje prohibido; una geografía semejante al sexo caliente de una hembra en celo, la húmeda vagina de mi América Latina.