Me gusta mucho la música clásica y siempre he creido que quienes aseguran es una música para viejos o aburridos no tienen alma.
En la secundaria me gustaba estudiar historia de la música, y fué así que aprendí a escuchar a Mozart, Debussy, Albeniz, Chopin, y otros tantos.
Siendo adolescente solía ir a escuchar la Sinfónica del SODRE o la orquesta de Cámara. Y ninguno de mis amigos podía entender como era que me volvía loca escuchando a Los Estómagos o Charlie García y algunos fines de semana me encerraba en la sala Carlos Brunet de la calle 18 de julio a escuchar a Vivaldi o a Beethoven.
El violín siempre ha ejercido una fuerza poderosa en mí. Como una especie de fiera domada siempre me quedo inmovil frente a un solo de violín. Y quien lo interpreta pasa a convertirse en una especie de Dios. Fué así qué, hace tres años atrás cuando mi hermana me anunció que mi sobrino mayor había pedido a sus cuatro años estudiar violín, sentí que el cielo se abría y me regalaba un tesoro dentro de mi propia sangre.
Soy una ferviente admiradora y escucha de Rachmaninov, uno de los más grandes compositores que Rusia ha dado al mundo, y también vuelo con las interpretaciones de Miri Ben Ari, la famosa violinista del Hip Hop, nacida en Israel y radicada en mi amada New York. Es decir qué ni los clásicos ni los violines son desconocidos para mi alma. Tienen el poder de transportarme al cielo sin tener que morir.
Y hoy estuve digamos que en las puertas del cielo...
Hace unas semanas comenzó el nuevo semestre en mis clases de inglés. Nuevo salón, nueva profesora y nuevos compañeros. Todo iba bastante aburrido, amén de que cada día más me costaba despertar temprano y llegar a tiempo. Tengan en cuenta que por asuntos de la revista hay días que me acuesto a las dos de la mañana y al otro día debo despertarme a las seis.
Hasta que un día, la puerta se abrió en el salón exactamente a las 7.45 de la mañana, y todos los varones y yo quedamos sin aliento.
Tan obvia fue nuestra reacción que hasta la profesora se quedó sin habla.
La culpa la tuvo Anna. Y su sonrisa con campanas alrededor, y sus ojos profundamente celestes, y su esbeltez, y su pelo largo, y sus manos blancas...
Ese día, no hubo varón de mi clase que no quizo conquistar su mirada. Y en los días siguientes, Anna se convirtió en la razón más poderosa para no faltar a clase.
Intenté hablar con ella en los interválos, pero Anna siempre estaba prendida de su celular. Intenté acercarme a ella en la librería pero siempre me ganaba alguno de esos latin lovers que aseguran conquistar a cualquier mujer. Intenté, pero no hice lo suficiente...
Anna jamás aceptó sentarse a compartir lugar con ninguno de las fieras depredadoras que la devoraban con los ojos cada mañana. Conmigo tampoco.
Hasta hoy.
Anna llegó tarde, y el único banco que estaba libre estaba a mi lado. Anna tampoco tenía libro, y claro que yo sí. Razones suficientes para que la respiración de Anna estuviera demaciado cerca de la mía, para que sus manos escribieran en mi cuaderno, para que trabajaramos juntas durante toda la clase.
Podía sentir la envidia de todos los varones. Y si bien festejaba aquella obra de la casualidad, por dentro planeaba alguna estrategia para que Anna en el intervalo no dejara su lugar.
No recuerdo bien como fué pero Anna no se movió de su asiento en toda la mañana.
Fué así que supe que era Armenia, que hablaba Ruso, Armenio y algo de alemán. Que vive sola en Hollywood y trabaja dies horas en una tienda de ropa para hombre. Que ama el español y adora la cultura latina. Que odia a los turcos por el genocidio armenio de 1915. Que es violinista y estudió su carrera en un consagrado conservatorio de Rusia. Que adora a Rachmaninov y no conoce a Miri Ben Ari. Que me dió su correo electrónico y prometió tocar el violín para mí. Que le prometí llevarla a escuchar la sinfónica de Los Angeles al Disney Hall. Y también invitarla a escuchar a mi banda favorita en L.A.
Anna salió antes de que terminara la clase, y yo quedé sintiendo las miradas de odio de mis compañeros tan machos. Al salir de la escuela, y al llegar a mi parada del bus, oh sorpresa! Anna aún estaba sentada esperando su bus. Su bus que no era mi bus, pero iba como para el mismo rumbo. Así que no debo decirles que llegué dos horas más tarde a mi empleo.
Ahora tengo una grandiosa razón para no faltar a clase...y se llama Anna.
La Teta y la luna. (Cataluña)
Hace 16 años




