martes, 17 de noviembre de 2009

del amor

Digo Amor, y digo abrigo. Sobretodo negro, paraguas bajo la lluvia. Digo tu figura esbelta, mi brazo y tu abrazo a mi cintura. Una calle en el invierno del sur, y aquel tonto que nos gritó por lo bajo “tortilleras”; como si dos mujeres abrazadas fuesen una agravio a los ojos de su mundo.

Digo Amor y me recuerdo tu bufanda fucsia camino al mercado, devorando con tus ojos grandes cada milímetro de ese pueblo desconocido. Pisabas las mismas baldosas que por años pisé. Mirabas el río sin la otra orilla y te maravillabas de ver un mar sin olas. Te comías cada rostro de la gente que asombrada te miraba al pasar. Y es que eras luz de otro sol. De un sol del norte.

Digo Amor, y se me viene de golpe una esquina triangular. Una esquina con ventana verde y una aspiración de casa improvisada. Donde solamente cabía una cama con cinco patas, un televisor en blanco y negro, una garrafita para cocinar, y una biblioteca en la pared. Aquel recinto que se convirtió en una cuna de placer y ternura mientras el frío se colaba por debajo de la puerta de metal.

Digo Amor, y digo tu nombre allá del otro lado del mundo y digo aviones, pasaportes, correos. Digo nuestro norte y digo nuestro sur.

sábado, 14 de noviembre de 2009

me pregunto cuando

Hay dolores tan hondos que parecieran no salirse jamás del alma. Quisiera encontrar el arma que provocara su muerte pero a veces creo solo mi muerte podrá terminar con él.
Y aún así, a veces tengo dudas.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Relato de un viaje al Sur.

Era una fría tarde en el verano del Sur, allá, donde el mundo parece perderse en la nada. En mi viaje a Chile nada estaba planeado; más que seguir la ruta que dijese mi corazón y el mapa gratis que recogí en la oficina de Turismo en Santiago. La gente también era un buen termómetro para saber el camino a seguir. De ese modo llegué hasta Chiloé.

Estando en Castro, la capital chilota, me encontré con cinco chicos bohemios que
llevaban un gran cajón de tomate a Punta Arenas. Ellos creían que era un cofre con oro, y para mí era un cargamento pesado e innecesario para un viaje de mochilas.

Me explicaron que allá, donde solo existe el hielo, la gente pagaba mucho dinero por
la verdura fresca. Pensé que eran bastante tontos al creer que esos tomates llegarían vivos desde Chiloe hasta Punta Arenas viajando en auto stop y tomando un barquito que salía cada 15 días desde la isla hasta el continente. Pero se me hicieron simpáticos y confiables. Así que seguí viaje con ellos rumbo al Pacífico.

En el trayecto en un hostal de mala muerte donde dormían hippies y artesanos drogadictos, me hablaron de Cucao y de la Laguna de los Huiliches. No sé si fue el atolondramiento de la marihuana o las alucinaciones de hongos pero las leyendas escuchadas esa noche me llevaron a serguir rumbo a la coste occidental de Chiloé.

Luego de pasar por Chonchi en cuatro días llegué a Cucao. El paisaje que se abrió ante mis ojos me llevó al silencio total, era como estar en un lugar sagrado. Absolutamente místico. El más mínimo ruido podría considerarse una falta de respeto a la creación. El azul era azul y el verde era verde. Parecía que nada del hombre había roto la intensidad de los colores naturales.

Llegué a la desembocadura de la laguna y recorrí el borde hasta bajar al pueblo. Era un pueblito pequeño. La Iglesia de madera parecía coronar un reino diferente al de Roma. Una cruz hecha por dos troncos de pino detrás de una mesa que cumplía la función de altar carecía de imágenes, de oro, de mármol y de plata. Creo que allí tuve mi mejor conversación con Dios.

Al salir de la Iglesia encontré una niña limpiandose los mocos como en una postal de UNICEF, le pregunté de alguna familia que me diera hospedaje. Ella misma me llevó hasta su casa, vivía allí con ocho hermanos y su mamá. El papá trabajaba en otro pueblo en la pesca del salmón y venía de vez en cuando. Supongo que hacer más hijos.

La casa era pobre, ni siquiera tenían baño. Había que bañarse dentro de un cobertizo de madera con una regadera donde uno le iba echando el agua. Las gallinas y los cerdos eran parte del auditorio que observaba mi sufrimiento al tener que usar el excusado. No era muy cómodo bajarse los calzones con el viento helado colandose por las rendijas de la pared que no era pared sino un montón de tablas apiladas.

Al llegar la tardecita, me fui en búsqueda de un almacén donde poder comprar frutas. Me detuve frente a la laguna, el sol era una bola de fuego que iba apagándose con el agua helada del Pacífico. Pero ante esa imagen, vi otra imagen: una mujer de pelo largo, rubio, una mujer alta, flaca, blanca, con cara pensativa observaba sentada en la orilla la puesta de sol. Casi sin moverme llegué hasta su lado y me senté a mirar lo mismo que ella miraba. No hablamos sino hasta que el sol se ocultó. Entonces me dio su mano.

Apenas hablaba español y el inglés no era mi fuerte. Sin embargo fuimos juntas hasta el almacencito y pudimos comunicarnos muy bien. Se llamaba Erika, era de Holanda. Había renunciado a su trabajo de publicista en Ámsterdam, y se había dedicado a recorrer América del Sur por un año. Casualmente se estaba quedando en el mismo lugar donde yo pasaría la noche. Solo que ella al otro día partía rumbo a Puerto Montt y yo seguiría viaje rumbo a la Laguna de los Huilliches, 23 km más al oeste de Cucao.

Durante esa noche charlamos un rato mitad español, mitad inglés, mitad señas y diccionarios de por medio siempre.

Nos despedimos a la mañana sabiendo que ya no sabríamos más una de la otra.

Luego de un par de semanas de seguir viajando, llegué hasta Petrohue al pie del volcán Osorno. Caminaba por una ruta de tierra, árboles y pájaros cuando alguien en un español con acento extranjero gritó mi nombre.

Erika venía corriendo con su gran mochila en la espalda.
Nos dió mucha alegría vernos, y nos dimos un abrazo de esos de mil brazos.
Me invitó a quedarme en el hostal que ella estaba, pero la dueña no tenía más lugar, así que cenamos juntas con otros mochileros. Comimos uvas blanca y tomamos vino chileno.
Caminamos juntas hasta la casa donde me quedaría a domir y por un momento sentí que podríamos seguir viajando juntas.

Al otro día, nos encontramos para despedirnos, ella se iría rumbo a Bariloche y yo seguiría viaje hasta Pucón para subir el Villa Rica. Intercambiamos direcciones y teléfonos de nuestros respectivos países, y quedamos de encontrarnos en Panguipulli tres días más tarde. Durante mis dos días en Panguipulli, busqué a Erika. Dejé muchos mensajitos en los árboles, en las tiendas, en los teléfonos públicos.

No volvimos a vernos.

Al regresar a Montevideo, un mes más tarde recibí una tarjeta postal desde Ámsterdam.
Con un número de teléfono,
“este es el teléfono de la casa de mis padres, cambio mucho de dirección pero ellos siempre están allí...”

A veces quisiera volver a saber de aquella imagen que tuve en Cucao.
Quizá porque la magia y las coincidencias siempre son atractivas.


(post de mi antiguo Blog Victoria´s Home)

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Mea culpa.

Me he dado. Me he desintegrado hasta meterme en los huesos del otro.
He lastimado. He provocado lágrimas, he desilucionado, he destruido.
Solo he escrito.

No existe persona más egoísta y más generosa al mismo tiempo que un escritor.
En cada oración se va un pedazo de su vida y a la vez, sin escatimar sentimientos ajenos, arremete llevando consigo la privacidad de otros. No se necesita dar nombres ni escribir dedicatorias. Las palabras lo dicen siempre todo. Lo dejan todo al desnudo. No se puede escribir teniendole miedo a las palabras. Solo desnudandonos en cada frase se dice algo con sentido.
El escritor se entrega y entrega a los suyos. He ahí la crueldad de la letra escrita.

lunes, 9 de noviembre de 2009

puntos de vistas

Siempre he creido que existen tantas definiciones de amor como personas en el mundo.
De lo contrario ya no creería en su existencia.

Ayer me han preguntado si creo en la posibilidad de amar al mismo tiempo a dos personas. Estabamos hablando de amor romántico.
Mi respuesta no tuvo concordancia alguna con mi interlocutor.

Me fuí pensando en que jamás nos pondremos de acuerdo y sin embargo el amor seguirá existiendo.

sábado, 7 de noviembre de 2009

días 7

¿Alguien sabe cómo se cuenta un cuento?
García Márquez escribió un Taller de Guión titulado: "cómo se cuenta un cuento".
El libro llegó a mis manos hace cinco años atrás en calidad de prestado sin fecha de devolución. El dueño del libro un amigo, escritor, editor que admiro y quiero mucho. Alguien que un día me invitó a formar parte de un taller de escritura en L.A.
Alquien que cumplió varias funciones agradables en mi vida.
La distancia fisica silenció nuestra relación pero jamás terminó con ella. Digamos por varias razones la misma vida nos separó. Y en esa separación crecimos en muchos aspectos.

Hoy, 7 de noviembre volvimos a encontrarnos mano a mano frente a una taza de café hablando de libros, proyectos y sueños.
Hoy, 7 de noviembre dimos el primer paso hacia otro 7 pero de julio de otro año que vendrá. En el trayecto supongo yo aprenderé a contar un cuento y el aprenderá algunas otras cosas más.

Entre los dos estará García Márquez, Varga Llosas, Cortazar, y quien sabe que otros grandes de la literatura universal.
Y entre los dos daremos formas a nuestro gran sueño.

La vida es circular. Hoy lo comprobé.

jueves, 5 de noviembre de 2009

mi mañana

Y algunos sueños que nunca había soñado se tranforman en sorpresas.
Y me llenan el día, la semana, el mes, la vida.
Son esos sorprendentes regalitos para el alma, simples. Tan simples como una invitación a soñar a partir de una sorpresa.O de un sueño que no fue sueño y sin embargo me sorprendió.


El Universo me regala pequeñas joyas que nunca pensé lucir: una invitación a viajar por la música del mundo desde la butaca de unos de los espacios culturales más hermosos del país.

Desde Portugal hasta Los Ángeles pasando por Nueva York, Sara Tavarez:




Mañana estaré aquí...click...
Que dicha tan grande haberte encontrado en L.A.