martes, 16 de marzo de 2010

inspiración biblica








"Todo lo que reluce bajo el sol es vanidad" Cap. 3 del Escleciatés.
La Biblia.


Vanidad los ojos que te miran desnudarte, los míos. Ojos sin gracia de esmeralda o espejo del cielo. Marrones, comunes, ojos mestizos de la América sureña.
Vanidad las manos que te dibujan, las mías. Sombra de dedos largos sobre tus pechos blancos; yemas cual crayones en papel de seda. Manos de obrera reina sobre los volcanes de tus senos.
Vanidad que brilla por los poros de mi piel rozando tus piernas. Piel curtida de sol y aire caliente, suave y morena.
Vanidad mis dedos cuando penetro hasta el rincón más oculto de tu integridad. Vanidad tenerte por sobre toda debilidad, error o miedo. Vaciar tu aliento sobre mi hombro mordido, sepultar tus ganas en mi deseo.
Vanidad amarte más de lo que pudieron amarte otros.
Vanidad entrelazarte entre mis piernas mientras tu pubis baila sobre lo que otros, otras no pueden ver=tener de mí.
Vanidad tu cuerpo en mi cama, la cortina salpicada de sangre y Dios.

miércoles, 10 de marzo de 2010

de una estúpida manera de querer

Por años quise conocerte. Mirarte a los ojos e invitarte a tomar un café. Por años seguí tu pasión de ser quien eras, una mujer que llamaba las cosas por su nombre y le daba voz a muchos como yo.

La primer fotografía de tu rostro la encontré en un periódico viejo. Estabas lejos, en otro país y en otra vida muy diferente a la mía. Busqué entre mis cosas alguna manera de llegar hasta tí, lo intenté y el silencio fue la respuesta.

Un día sin saber ni cómo un enlace nos cruzó.
Supongo que la curiosidad fue la artífice de tu acercamiento. ¿El mío? ese estúpido espíritu adolescente que lleva a enamorarnos de nuestros maestros. El enamoramiento que comienza con admiración y se pierde en ausencia.

No existió café ni vino ni cena. No hubo caminata ni baile ni fiesta. Aún así existió un apretón de manos húmedo y nervioso con una sonrisa de alegría y curiosidad en tu rostro. Con la duda del estar soñando o viviendo la realidad en mis ojos.

Nunca creí en los milagros. Siempre creí en la tenacidad de dejar hasta la vida por alcanzar un deseo. Y los pedazos de vida se me esparcieron en mensajes a los cuales la costumbre te llevó a leerlos y la mayoría de las veces, responderlos.

En una maraña de letras los sentimientos se convirtieron en olas. Iban y venían. Y en su vaivén, la cercanía y el rechazo se mecían como un niño que no quiere dormir pero al final le vence el sueño.

Nos dijimos cosas y otras las callamos.
Nos abrazamos algun día y la mayoría de las veces reímos.
Nos encontramos en muchos puntos de coincidencia y nos dimos miedo una a la otra.
Nos leimos, nos miramos, nos saludamos, nos dijimos amigas sin en realidad serlo.
Sentiste mi mano en tu cintura y sentí tus ojos esquivar los míos.
Sentiste la poesía de mi letra y sentí tu halago.
Sentiste que algo extraño no compaginaba en tu sueño y por días no pude dormir.
Sentiste que yo estaba errada y sentí tu incomodidad.

Entonces llegó el día en que te fuiste sin irte y decidí irme sin dejarte.
Me encerré en el oscuro agujero del rechazo y te coloqué en el mismo lugar donde estabas en otro país y con otra vida ignorante de la mía.

lunes, 8 de marzo de 2010

designio

Nadie sabrá jamás que existes. Ni una sola de mis letras delatará tu imagen y sin embargo, cada palabra estará impregnada de tí.
En cada oración tu rostro y en cada párrafo tu nombre.
Serás la razón de mi deseo, mis ganas diarias de escribir.
Dibujaré tu mirada en cada línea y en un sólo párrafo pintaré tu desnudez.
Derrivaré todos tus muros y sin tocarte mis manos elevarán hasta tu boca mi nombre. Sin quererlo serás mía. Más allá de tu razón te entregarás.
No podrás resistir a mi terca pluma.
No podrás esconderte de mí.
He de penetrar hasta el más secreto de tus sueños. Arrasaré con todas tus dudas, develaré lo que aún no conoces de tí.
Serás quien aún temes ser.
Serás en mi letra, en mi fantasía, en mí.
Y nunca jamás nadie sabrá que eres tú. Mi bien. Tu ser.

jueves, 4 de marzo de 2010

fuera del cielo

Me duele la ciudad y las casas bonitas. El olor a pino húmedo y el silencio del césped a la mañana cuando los niños duermen y los ancianos recogen el L.A. Time en South Pasadena.

Y me digo por qué a veces no puedo creer y a veces, me digo creo.
O miento. Me miento, te miento.

Y sé que buscarás y tendrás y llegarás y serás.
Y yo quedaré fuera.
Fuera de la casa bonita con olor a pino mojado por las regaderas automáticas y el silencio matutino de los niños blancos y los ancianos americanos de South Pasadena.

lunes, 1 de marzo de 2010

De por qué soy quien soy (Part. III)

La mente es como una cajita donde guardamos poder. El cual viene envasado en unos paquetitos llamados pensamientos. A mis nueve años tenía plena conciencia de ellos. Cada uno difería en la intensidad de su nacimiento y en la longevidad de su existencia. Algunos eran pasajeros, otros estaban instalados desde siempre y parecían no morir nunca. Y en aquel desorden ordenado de energía, el último pensamiento enviado a mi tía Isabel, terminó siendo una profecía.

La vida creció y yo con ella. Pasaron más de quince años desde mi destierro como sobrina y en todos ellos, pocas noticias tuve de quién emitiera la sentencia lapidaria.
Pero el tiempo es como una gran bola que da vueltas y siempre llega el punto de coincidencia entre lo que abortamos a destiempo y lo que inevitablemente debe suceder.
Y lo que debe suceder sucede, aunque sea muy a pesar nuestro.

Era una época de idas y venidas al pueblo que me viera nacer.Una época de no quedarse en ningún lado pero menos en aquel pueblo que cada año estaba más lejos de mí. Sin embargo, siempre llegaba al mismo. Uno no puede liberarse con mucha facilidad de la historia y menos de las responsabilidades familiares, como por ejemplo visitar de vez en cuando al padre que a uno le crió. Debo decir que jamás fui una buena hija pero tampoco fui lo suficientemente mala.

Así fue que en aquel domingo me encontraba visitando el pueblo.
La casa de mis padres biológicos se ubicaba casi en el centro de la ciudad y no solía pasar ni siquiera por la puerta de calle. El perdón no había llegado a mi corazón, menos el deseo de ver a algún miembro de la familia que supuestamente me había abandonado. Pero por casualidades de la vida, (o del tiempo que es casi lo mismo) ese domingo a la tarde me encontraba en casa de una de mis esporádicas amantes, una actriz del grupo de teatro local. Y la casualidad residía, en que la casa de mi ex amante temporal, se ubicaba frente a la casa de mis padres biológicos.

Eran pasados veinte minutos de las cuatro de la tarde, Bob Marley cantaba “Oh woman Don´t Cry” y la actriz cebaba mate cuando alguien golpeó la puerta con desesperación.
La dueña de casa tenía una tía enfermera que “casualmente” a falta de auto para guardar, vivía en el garage que la actriz rentaba. Algunas veces los vecinos venían a buscarla para que hiciera las veces de doctor o pusiera alguna que otra penicilina. Así que no era extraño la desesperación del llamado.

Lo que sí fue extraño (al menos para mí) que al abrir la puerta de calle, quien estaba desesperadamente gritando por la enfermera era mi madre. Madre que me había parido y a la cual tenía nueve años de no ver.

Los gritos y el llanto de mi madre supongo que movieron algunos resortes de mí que no conocía hasta el momento. Poco me importó el pasado o el dolor que en forma de rencor aún moraba en mí. Lo único importante en ese momento era su desesperación.

Intenté calmarla, mientras ella entre llantos decía:

- ¡Isabel se muere! ¡Se me está muriendo Isabel!
Estoy sola en casa necesito que alguien me ayude. Por favor, ¿dónde está Marina la enfermera?


Dejé a mi madre parada en la acera y sin pensar crucé la calle corriendo.
La puerta estaba abierta en la primer recamara que daba a la calle, sobre el lado izquierdo del corredor de entrada. Era una de esas casas típicas de la colonia española, con balcones y rejas con malvón. El piso tenía baldosas negras y blancas como si fuera un cuadro de ajedrez. Un olor nauseabundo salía del cuarto frío y casi vacío. Un olor que descomponía el estómago de cualquier mortal. Un olor a pura diarrea y vómito.

En medio del cuarto, una cama de metal y jergón sostenía metido entre medio de viejas mantas de mala calidad un bulto flaco. El bulto, era el debilitado cuerpo de mi tía Isabel.
Me acerqué a la cama. Los ojos de mi tía desesperadamente hablaron y aunque no podía pronunciar palabra alguna escuché un desesperado grito de auxilio.

Segundos después mi madre apareció gritando cual telenovela mexicana:

“¡Isabel se nos va! ¡Se nos va Isabel!” Mientras, la actriz de teatro, solidariamente trataba de consolarla. Con una furia que inesperadamente brotó desde mis entrañas, con la necesidad de cumplir el papel de sobrina amorosa, giré sobre mis talones y eché casi a patadas a las dos actrices.
Mi tía merecía el último de los respetos, morir tranquila.

En cinco minutos ordené y dispuse todo como si mi mente estuviese preparada para cumplir el rol que hasta ahora la vida jamás me habían permitido cumplir, el de hija mayor que sustituye a los padres en caso de ausencia o ineptitud:

- Angélica, - grité- llama a la ambulancia y díles la gravedad del asunto. Después pedile al vecino, que vaya a buscar a mi hermano. Seguramente está en la casa de su novia. Que rastree a mi padre por todos los bares del pueblo y si la borrachera se lo permite que venga a la casa.

Cerré la puerta del cuarto y me arrodillé junto a mi tía. Tomé sus manos, acaricié su pelo blanco y le hablé las últimas palabras que pudo escuchar.
No pudo nombrarme con voz pero escuché mi nombre en su mirada.
Yo seguía siendo Victoria, la heredera del nombre ancestral. La sobrina mayor.
La niñita que admiró su gusto por el gato blanco y su vida en la gran ciudad regresó a ocupar el lugar de la niñita que había hecho el juramento maldito.

Acompañé su cuerpo hasta el hospital, y di la noticia a mi madre antes del parte médico. Luego, caminé sola por la madrugada y en la barra de un bar se me confudieron algunas lágrimas con el sabor del wisky.
No soy bicho que visite velorios ni tampoco cementerios.

(Fin de la historia)

jueves, 25 de febrero de 2010

De por qué soy quien soy (parte II)

Para mis ojos de niña fantasiosa mi tía Isabel además de tener pecas en la nariz, se me antojaba más flaca que la muerte misma. Y es que en mi casa adoptiva, el proceso de educación en salud iba relacionado al tema de la gordura. Si eras flaco estabas enfermo. Así que la muerte debería tener el aspecto de mi tía Isabel: alta, elegante y más delgada que las anoréxicas modelitos que años más tardes atraparían mis ojos desde los catálogos de ropa interior americana.

En realidad a mis cuatro años mi contacto con la muerte se reducía al cuento de que mi abuelita Victoria (de la cual heredé el nombre) había dejado este mundo sin el privilegio de conocerme. Pero por alguna extraña razón el día que conocí a mi tía en aquella primera incursión por la gran ciudad capital relacioné sus dedos flacos, sus hombros puntiagudos y sus rodillas salientes con la mujer de la guadaña. La muerte ya se me hacía cosa mala.

Cuando salimos del edificio de Joaquín Requena y otra vez subimos a los dinosaurios metálicos con cuernos eléctricos supe que mi tía y yo teníamos algunos puntos de unión más allá del rechazo que me había producido su estúpida insistencia en que debía hacerle honor al nombre que había heredado y a la sangre materna que corría por mis venas cual reina de las europas.

Tres puntos de admiración quedaron en mi primer contacto con Isabel: el gusto por los gatos, la vida de mujer sin matrimonio y el ser habitante de la gran ciudad. Los dos últimos puntos a raíz de mi adelantada concepción le habían sido vedados a mi mamá biológica. Ya sabemos que en nuestro pueblo el orgullo por la virgen que parió sin haber pasado antes por el registro civil se reduce a un párrafo de una novela religiosa o a un dogma de fe. Lejos está de ser un acto socialmente aplaudido o digno de una condecoración familiar.

Sin embargo nací en el tiempo justo y en el vientre indicado. Y aunque mi mamá, (obligada a casarse con el heredero del bandido moro es decir, mi padre biológico) no pudo hacer el papel de mamá fuí creciendo con el mismo nombre de mi abuela y de mi bisabuela en medio de otra familia que sin tener mi sangre ni mis genes cuidó de mí a partir de mis primeros seis meses de vida.

A mis siete años, por culpa de que mi madre adoptiva murió, fui envuelta en una disputa legal entre mi padre de crianza y mis padres biológicos. La pesadilla duró tres años y terminó en adopción. Esto significó un cambio en mi partida de nacimiento, por lo cual además de quitarme edad (existe una diferencia de diez años entre mi adopción y mi nacimiento) también modificó mi nombre y mi apellido.

Durante ocho años no volví a saber nada sobre la existencia de Isabel hasta que un día, mientras jugaba en casa de mi familia adoptiva, alguien llamó a la puerta. Por suerte o por desgracia, fui la encargada de acudir al llamado. Mi carita de alegría y el abrazo que empezaba a extender hacia la figura de mi tía quedó prematuramente congelado:

-¡No me toques! ¡No te acerques!
Vengo a decirte que ya no eres mi sobrina. Moriste el día en que te cambiaste el nombre.

Era bien cierto mi fantasía no fallaba. Mi tía tenía la delgadez de la muerte. Y la muerte era cosa mala.

La niña no tenía suficiente disparos en su pequeño corazón, había que asegurarse que realmente estaba muerta. Y para eso nadie mejor que el mensaje de la mujer flaca.
No bastaba la muerte reciente de su madre adoptiva, ni el proceso acelerado de adopción. No bastaba el juicio para pelear los actos convenientes en su educación, su tutoría, las visitas a la corte, la perdida de patria potestad, el cambio de nombre, de apellido; no bastaba convertirla en un objeto por el cual pelear el orgullo familiar.

La niña debía ser fuerte. Aguantar las lágrimas porque las niñas raras como ella al igual que los varones no podían darse el lujo de llorar en público. Y no sería la soberbia de la sangre o el orgullo herido de un apellido desplazado ni el disparo certero de una palabra que empañaran sus ojitos tristes. La niña no podía llorar pero sí podía creer en la fuerza de sus pensamientos. A esos nadie podía verlos. Los pensamientos no eran visibles como las lágrimas y podían ser mucho más poderosos que las palabras:


- Isabel, morirás con mi nombre en la boca.


(ésta historia aún no terminó...)

martes, 23 de febrero de 2010

De por qué soy quien soy.

A mi familia biológica siempre le tiró la sangre real. Por eso heredé el nombre de mi bisabuela y de mi abuela Victoria. Mi madre se jactaba que mi tía solterona llamada Isabel, había tenido una grandiosa historia de amor con un príncipe de Bélgica llamado Federico, mientras que mi padre, hacía alardes de la herencia mora aventurera. La cuestión es que soy producto de leyendas e invenciones.




Aquel viaje a Montevideo era el primero de mi historia. Si la memoria no me falla, andaba yo por los cuatro años y recuerdo haberme impresionado con unos dinosaurios con cuernos largos colgados a unos cables que se me antojaban eran telarañas urbanas. A ellos mi mamá dijo, se le llamaban “troles buses”.

Sentí una infinita atracción por aquellas viejas carcachas y el gris del asfalto surcado por herrumbre de varias vías. El primer encuentro con la gran ciudad fue premonitorio. Quedaba instalado el esbozo de lo que sería la pintura de mi vida, el escozor que me produce vivir en un pueblo chico y la atracción desmedida hacia las grandes urbes.

Conocí a mi tía en un apartamentito pequeño de la Joaquín Requena, entre las residencias de Bulevar Artigas en Pocitos. Mi tía vivía con un gato muy bien cuidado y parecía ser la clásica versión de la reina sin rey ni trono. Aunque mamá insistiera que la tía tenía sangre real en sus venas y había recibido fotos del castillo de su novio Federico en Bélgica, a mí se me cruzaba la vaga idea de que en realidad era una pobre mujer sola que apenas vivía de una pensión del gobierno y muchas fantasías en su cabeza. Lo más cercano a un novio que yo veía era el felino muy bien peinado. Pero a mamá, nada se le discutía y menos se le ganaba discusión alguna. Para eso llevaba aunténtica sangre gallega.

Isabel desayunaba en la cama con el angora blanco a sus pies mientras contaba historias de abolengo familiar.

- Victoria querida, el nombre de tu bisabuela debe llevarse en alto. Ella era una mujer fuerte, blanca, hermosa que heredó el buen gusto de nuestros ancestros europeos. Y tu debes llevar su nombre a la altura de una reina. Porque nuestra familia proviene de la realeza española.

Mientras mi tía seguía el discurso de responsabilidad real que me asignaron por haberme enchufado el nombre de la vieja, yo miraba mis manitos color aceituna y me preguntaba como haría para volverme blanca como mi bisabuela. Cómo sería ser fuerte cada vez que el viejo de la bolsa se me apareciera en la ventana de la sala porque entercada, (lo heredé de mi mamá) resistía a dormir la siesta; cómo prolongaría el buen gusto familiar si yo, odiaba las faldas que supuestamente eran de tan buen gusto y a mí me incomodaban tanto. Y lo peor como le haría para adquirir las buenas costumbres femeninas cuando cada día me gustaba más molestar a las niñas y jugar con los varones.

En aquel momento, quise llamarme Pochola, Anastasia, Ermenegilda pero jamás Victoria. No estaba dispuesta a tomar té a la cinco, usar falditas de colores, ni dejar de jugar al sol para no oscurecer aún más mi piel. Ni a seguir padeciendo el delirium tremen que el té provocaba en la cabeza trastornada de mi tía solterona.

Olvidaba mi tía que en el proceso anterior a mi nombramiento, el óvulo de mi madre fue fecundado por un espermatozoide muy simpático llamado Pepe. Del cual heredé su color de piel y su pelo negro. En la herencia de Pepe en lugar de sangre azul corría sangre de mezcla árabe. Una sangre de bandido moro que lejos estaba de llevar nombre con alcurnia real.

Pepe era hijo de Juan José, un jugador empedernido que apostó a su hija menor en una mesa de poker y perdió la partida. Además de tres mujeres que le dieron doce hijos y un tesoro escondido que nadie ha podido encontrar y que fue enterrado por mi tatarabuelo. El mismo, que a su vez era hijo de un bandido andaluz. El cual según la leyenda contada por mi tía abuela paterna María se apellidaba Bentancor de la Parra y se rajó de Europa escapando a la muerte que unos mafiosos árabes le juraron. En el camino mi tatarabuelo, se enamoró perdidamente de una mexicana de origen real, dejando así en su descendencia del Plata un gusto exacerbado por las descendientes de la familia blanca real en tierras chichimecas.

(historia sin terminar...)