domingo, 28 de marzo de 2010

Historia de la pensión. (Cap. VI)

Pasaron dos meses y llegó octubre. Recuerdo muy bien que era octubre.
Todo sucedió en el Festival de Rock de Montevideo, fuimos juntas a escuchar a Fito y a Faby Cantilo: “Giro” y un estado de coma. La “maruja” de rigor y la “maría” de primera,entre medio el sexo.

El portavoz de un esperma joven que rompería el encanto de nuestra historia de amor se llamaba Gabriel y tenía 17 años.

Silvia se dejó llevar por sus dudas, su necesidad de averiguar si aún seguía siendo hetero o ya se había recibido de lesbiana. Algo así como probarse a sí misma si continuaba siendo normal o había dejado de serlo.

Yo, ignorante de la situación (por lo general uno termina siendo el último en enterarse de las noticias de tal calibre) terminé tomando cerveza en un bar con Gabriel el cual me parecía simpático, abierto y amante del rock and roll.

Además de tener suficiente dinero para regalar la coca más rica que habría probado en toda mi existencia, Gabriel, tenía carisma para fingir. Fue así que durante dos meses, Silvia, Gabriel y yo fuimos amigos de juergas. El respetaba nuestra relación, ella se comportaba como mi pareja y yo ignoraba que hacía dos meses atrás los chicos habían jugado su propio juego sin invitarme a jugar.

sábado, 27 de marzo de 2010

Historia de la pensión (Cap V)

Teníamos el deseo de comernos el mundo juntas por lo cual comenzamos dejando la pensión de Eduardo Acevedo y rentamos una piecita en una de esas pensiones que se parecen a las caballerizas de cualquier hipódromo. Un corredor largo con muchas medias puertas. El cuarto tenía un ropero con hongos incluidos, paredes que destellaban manchas de humedad y una cama de jergón con un colchón bastante apolillado.
Por aquel entonces yo jugaba a ser poeta surrealista, así que no recibía sueldo fijo. Pasaba mis días entre la Sala Artigas de la Biblioteca Nacional y escribiendo poemas en las servilletas del Sorocabana. Ella estudiaba Derecho por las mañanas y a la tarde trabajaba en una panadería.

Claro que a los pocos días de vivir juntas, Silvia me convenció de que ser poeta era para niños con papá rico o para borrachos mendigos. Y por no pertenecer a ninguna de las dos clases sociales tuve que buscar empleo como cualquier hija de vecino. Fue así que conseguí empleo en un diario comunista vendiendo avisos clasificados, diagramando algunas páginas y escribiendo algún que otro artículo de segunda.

Ninguna de las dos teníamos experiencia previa en relaciones de pareja. Ninguna de las dos había leído algún manual sobre el amor, desarrollo de la convivencia o los mejores métodos para tener un matrimonio feliz. Tampoco sabíamos hasta donde llegaría la historia. Pero éramos felices.

jueves, 25 de marzo de 2010

Historias de la pensión. Cap IV

El cuarto donde me asignan a pasar la noche no tiene puerta sino una cortina de tela con flores violeta. La puerta comunica la recámara con la sala. Debo decir que la cama no era muy cómoda que digamos pero siempre he tenido una tendencia a probar camas ajenas.

Cómo todas las noches desde que tengo tres o cuatro años hago mis oraciones mentales a mi ángel de la guarda. Concentrada en mi ritual de cerrar los ojos y enviar mis mensajes a mi más fiel guardian sentí sobre mis labios el roce de otros labios. Sigilosamente, sin provocar el menor de los ruidos, Silvia había entrado a la recamara. Abrí los ojos inmediatamente y su dedo índice se poso en mi boca.

- Shhhhh...Solamente quería devolverte toda la ternura que me haz dado esta noche. Sos un ser increíble, especial. Ouiero pedirte perdón por todo mi destrato. Y quiero decirte que mañana vamos a estar en una cama grande juntas mirando el techo y sin hablar.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Historia de la pensión (Cap III)

El viaje duró más de la cuenta. Tener presente que por aquella época en Montevideo, los ómnibus tenían una frecuencia más lenta y a esto agrarle la típica "pasada de largo" de la esquina en la que debíamos bajar. Claro que la distancia de más fue proporcional a la risa y charla bajo una lluvia que se había convertido en cómplice del camino.

Jamás olvidaré aquel relámpago sureño donde escuché decirle:

- Tengo una extraña sensación donde quisiera que el camino no terminara nunca. Y caminar, y caminar y caminar juntas. ¡Me siento tan bien en este momento!

En ese instante tuve conciencia de cómo el rechazo no era más que un miedo hacia lo desconocido. Y de cómo una simple coincidencia podía cambiar el rumbo de una vida. Coincidir era la palabra justa para definir aquella noche de sábado no planeada.

Al llegar a la casa sus padres mirando televisión a penas prestaron atención a mi presencia. No así su sobrina de 15 años la cual me miraba como queriendo descifrar cuál era mi papel en aquélla visita sorpresiva. Así que mantuve mis ojos fijos en el televisor mientras Silvia me ofrecía un té de "yuyos" varios para quitarme el frío de la lluvia en los huesos.

lunes, 22 de marzo de 2010

Historia de la Pensión Cap. II

Aguantando una bolsa de supermercado en la cabeza con mi mano izquierda y con la derecha cerrando el cuello de mi gabardina, me lancé a una de las cruzadas más repetidas de mi historia personal: demostrar que las lesbianas también somos personas.

Corrí cuatro cuadras casi sin aliento, el atletismo nunca fue lo mío y al llegar a la esquina de Eduardo Acevedo y 18 de julio vi a Silvia bajar del autobús. A pesar de su estado de ánimo y de la horrible noche no se le había olvidado maquillarse. Quizá el maquillaje era para ocultar su pena o tal vez para demostrar que al mal tiempo hay que ponerle buena cara.

Cuando me vió toda mojada, creo le entro una especie de remordimiento.
- No sé por qué se te ocurrió la idea de encontrarnos con esta lluvia.
- Es que me gusta sufrir –y le tomé el brazo para meterme bajo su paraguas.

Caminamos hasta el café más cercano, al lado de la zapatería Monte Cristo.
El café cerraba a la medianoche por lo cual tendríamos dos horas y veinte minutos para poder charlar. Luego del clásico ritual de esperar mil horas para que al mesero se le antoje venir hasta la mesa, de pedir dos cafés, de encender un cigarrillo (por aquel entonces yo pertenecía al gremio de los fumadores) y de hablar del clima, fui directamente al grano.

sábado, 20 de marzo de 2010

Historia de la pensión. Part l

(Toda coincidencia con la realidad, no es mera casualidad)


Ella tenia 22 años, yo 23.
Ella era coquetamente heterosexual y yo una manflora declarada. A ella los fines de semana la sorprendían con un chico distinto en las discotecas de moda. Con bolsas modernas, maquillaje a tono y sonrisas de tragos fuertes pero femeninos. A mi, con cerveza en la rambla, conversaciones sobre como conquistar una mujer y no morir de miedo.

Ella era del Partido Socialdemocratacristiano, yo un poco más radical: del Movimiento de Liberación Tupamaro. Las dos habíamos sido educada en dictadura militar, y cuando nos conocimos apenas comenzábamos a alzar las banderas en la 18 de julio mientras Silvio cantaba: “Nicaragua...nicaragüita...”.
Ella era bonita y vestía sensual, yo con jeans rotos cuando aún Calvin Klein, no rajaba sus pantalones para venderlos a 100 verdes.
Ella quería ser mujer moderna, tomaba anfetas. Yo intentaba plantar una semilla que me diera frutos relajantes.
Las dos queríamos ternura. Esa cosa que no se compra fácilmente en la farmacia.

Era clara su posición de que: “a ella no quiero ni verla porque me da asco...que asco ser tortillera!” “No sé como pueden salir con ella...” mi postura implicaba “nunca digas de esta agua no haz de beber...puede apretarte la sed”. Mientras: “Hola! Cómo estas? ¿Querés un mate? Y no, Silvia nunca quería un mate. Apenas por cortesía con disimulado asco se levantaba de la mesa del comedor y se retiraba a su cuarto, desde donde la escuchaba hablar con su amante-macho de turno entre risas y suspiros.

En la pensión viviamos 22 mujeres “normales” más, una encloseteadamente torta y una desvíada declarada. Entre todas, a pesar de todas nuestras reyertas, tratábamos de apoyarnos cuando estábamos con los típicos dramas existenciales de la edad. Era común vernos llorar confesando nuestros pecados.

viernes, 19 de marzo de 2010

Uruguay y Perú, ¡la misma cosa!

(Teléfono sonando, Theo durmiendo en mi almohada, yo en el quinto sueño estiro el brazo derecho y entre sueños respondo)

Yo- Hello...
N.- Nenaaaaa ¿que hacés a esta hora de un sábado durmiendo? ¡Te me levantás ya mismo que hay un día espectacular!- poniendo énfasis en "espectacular".
Yo- Esteeeee...es sábado...¿que mierda querés que haga a las ocho y cuarto de la mañana?
N.- ¡Que te levantes y difrutes el día!
Yo- Pareces toda una vieja que se levantó a las seis de la mañana, barrió la vereda y regó las plantas y luego le rompe los huevos a los hijos que se acostaron a las cuatro de la mañana pasados de grapa. O sea nena...¡pareces mi madre!
N.- Y eso no es nada, ya quemé las hojas en el patio y tengo el desayuno casi listo. Oíme, levantate y veníte al Valle que viene el primo Daniel y los chicos a desayunar.
Yo- ¿Y a qué hora van los chicos?
N.- No importa, vos veníte que el desayuno es todo el día.
Yo- Oki doki. Ya voy para allá...

Depués de tres horas llego a destino y desde un teléfono público llamo al N para avisar que llegué a la estación de metro...pienso en sacar mi termo y mate y ponerme a tomar unos mates pero se que eso atraerá la mirada de todo el mundo. Aquí confunde la bombilla del mate con la pipa para fumar opio. Decido mirar un puestito de artesanías varias...