Los Ángeles es una de esas ciudades que no abrazan. No tiene un mar acogedor que te hace sentir libre. Tiene un océano compulsivo con rostro de estar siempre al acecho. Es una ciudad que esconde sus pecados. Mientras en Las Vegas la prostitución y el juego son tan legales como cualquier trabajo honrado, en L.A. las putas van presas y el juego de azar solo es permitido en territorio indio.
Los Ángeles padece de anorexia y de bulimia por culpa de Hollywood sin embargo carece de glamour. En sus barrios se pasea la necesidad más cruel junto a la sobreabundancia exagerbada. Rico y pobre conviven bajo el mismo cielo cubierto de smog y de ceniza en épocas de incendio.
A ella se le achacan muchos males. Y hasta quienes nunca han puesto un pie en ella y están lejos de conocerla, la toman por una de las ciudades más agresivas del mundo.
Y en esa L.A. tan gris y tan lúgubre, adoro caminar.
En ella he podido cumplir pequeños sueños. De esos que por ser tan pequeños pasan desapercibido por la mayoría. Y que sin embargo la mayoría moriría por cumplir.
Me ha permitido encuentros que otras ciudades jamás me habrían permitido. Por no ser hija de alguien, por no tener título de algo, por no ser parte del engranaje político social de una bola de babosos que se rijen por el apellido, cuenta bancaria o acomodo político.
En L.A. aún los invisibles podemos cumplir pequeños-grandes sueños.
Y mientras L.A. me deje he de vivir en ella.
La Teta y la luna. (Cataluña)
Hace 15 años