“El orgullo, -decía mi padre- es algo que se lleva silenciosamente en la sangre”. Desde esa frase inaugural sobre el orgullo familiar aprendí que debía distinguir bien entre las voces del silencio que intentan callarme y los ruidos que me distraen de lo que verdaderamente creo.
Según su pensamiento, clamar a los cuatro vientos sobre lo que uno es, era caer en el pecado de la vanidad y la soberbia. En el plano político y social, mi progenitor, también abogaba por los cambios silenciosos. Creía que manifestarse públicamente contra gobiernos represores o contra una guerra, era cosa de “comunistas revoltosos”. Un verdadero patriota que deseaba el cambio social debía guardar silencio y demostrar únicamente su valentía en las urnas de votación cada cuatro años.
De acuerdo a las ideas de mi progenitor, sus nietos seguirían viviendo hoy bajo el régimen militar de los setentas. Ya que el pasaje de la dictadura militar, a la seudo democracia en América del Sur, sobrevino gracias la voz del pueblo que tubo la valentía de salir a las calles y romper el silencio manifestándose -entre otras cosas- a cacerolazos *.
El silencio en mi familia era como un idioma.
Sin hablar, siempre se sabían las verdades. Jamás durante mi adolescencia necesité presentar a mis novias como novias. A cada visita de ellas, mi padre, se encargaba de ofrecernos su recamara matrimonial. Quedando establecido para el resto del clan que aquella nueva mujer, era la actual pareja de su hija menor. El asunto era aceptar sin nombrar ni dar título. Una cómoda manera de continuar el equilibrio y la paz familiar. ¿Para que mostrar mi orgullo en palabras si tenía la cama servida y la cena en paz?
La Teta y la luna. (Cataluña)
Hace 15 años