Me gustan las putas. Las que se dejan amar dentro de un carro por dinero o por borrachas. Las que uno mira desde la barra de un bar y tras una seña de cabeza al instante están sentadas a nuestro lado. Las que cada noche desde un cuarto de hotel se maquillan y enfundadas en sus tacones van en busca del sustento.
O las que bien vestidas, desde una noche en un bar de moda por un par de tragos, se dejan dar una nalgada o morder el cuello sin preguntar nuestro nombre.
Yo amo a esas putas.
Me enamoro de ellas a la primer mirada.
Lourdes era paraguaya. Vivía en el segundo piso del night club donde trabajaba. La conocí en un bar gay de la calle Jackson casi la rambla, allá en la ciudad de Benedetti que en aquel tiempo también era mi ciudad.
El bar era un espejismo. Por fuera un simple espacio donde los gays podían bailar tranquilamente, por dentro un negocio fuerte de cocaína y prostitución. Solía ir con mis amigos en busca de alguna ilusión que podía variar entre ritmos desenfrenados de travestis pobres, borracheras predecibles, risas y alguna aventura de amor.
En una noche de esas conocí a Lourdes. Alta, delgada, morena bailaba cumbia con un maricón. Parecía una espiga de trigo ondeando en medio del campo y entre sus ojos y los míos como una culebra, la seducción comenzó a serpentear.
Dejé mi vaso de wisky en mitad de la barra, cruzé la pista sin quitar mis ojos de sus caderas y sin pedir permiso tomé el cuerpo de Lourdes.
- Bailemos, aunque no soy buena en ésto- dije apretándo su cintura.
- ¿Y para que eres buena?
- Para escribir poemas.
Y seguimos bailando hasta que un travestis mal hablado tomó el micrófono desde un improvisado escenario y anuncio el show de la noche.
- ¿Tomás un trago conmigo?- pregunté
- Hasta que llegue mi cliente- dijo.
Así conocí la historia de Lourdes la paraguaya que tenía un hijo en Asunción el cual había dejado al cuidado de su madre.
Lourdes de 25 años, de piel suave y arrugas en el alma lo dejó todo para llegar hasta ese rinconcito del plata con olor a puerto y ser una puta más de un burdel frecuentado por marineros y señores de negocio.
¿Su sueño? Ahorrar dinero y retirarse pronto del oficio.
- Dime uno de tus poemas- dijo mientras acariciaba mi pelo negro
- No puedo, no los sé de memoria. Pero prometo escribirte uno.
- Nadie me ha escrito jamás un poema, serás la primera- y río hechando su cabello hacia atrás.
- ¿Por qué no tienes una novia?- me dijo curiosa.
- No sé, será ¡Por qué nadie me quiere!- dije enconjiéndome de hombros.
- No te creo. Eres un montoncito de ternura...sos tan linda...- mientras jugaban sus dedos con mi pelo y apoyaba mi cabeza sobre su pecho- un día no está tan lejos. Un día encontrarás la mujer que te vea el alma. Un día vivirás tu gran amor.
De manera imprevista besó mis labios y dijo:
- Tengo que irme, llegó mi cliente.
- ¡Podés cambiar de cliente! tengo dinero para pagarte la noche.
Leí una expresión de incredulidad mezclada con tristeza en sus ojos:
- ¡Que dices! A tí no podría cobrarte...te sobra ternura y a mi de eso me hace falta.
Lourdes se fué y yo quedé investigando durante toda la noche dónde vivía Lourdes.
A los cuatro días toqué timbre en el segundo piso del burdel de la calle convención. Una puta con ojeras abrió la puerta, y al preguntar por Lourdes me dijo que estaba durmiendo.
Entonces le dí un papelito doblado con un poema dentro.
Dedicado a Lourdes: "Un día no está tan lejos"
No volví a saber de ella, pero doy fé que a partir de esa noche a mi las putas me enamoran.
La Teta y la luna. (Cataluña)
Hace 15 años