domingo, 8 de marzo de 2009

de los sábados y domingos

Si armara como un rompecabezas mi vida estoy segura que faltarían partes. Y no es que la memoria me falle sino que los muertos no hablan. Será por eso que jamás me ha gustado visitar cementerios.
Uno no puede escabar la tierra, recomponer los huesos, darle voz a quien fue enterrado con parte de nuestra historia.

¿Entonces para qué visitar a los muertos?


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Como si el domingo fuese el día en que mi madre debía lucir su mejor vestido, todos los sábados mi padre me obligaba a asistir al ritual de arreglar la tumba de mi madre.

Con su tranco lento caminaba calle abajo hasta la puerta lateral del cementerio. Llevaba en sus brazos las mismas flores que el cultivaba en el jardín de nuestra casa. Saludaba a todo el mundo y todos nos miraban con lástima.

Estoy absolutamente convencida que a mi padre le gustaba el papel de ser un pobre viudo con una hija por criar.


Desde la muerte de mi madre hasta su propia muerte siempre vistió de gris y negro.
Jamás faltó a cambiar el agua donde dejar sus flores; a ordenar con santo esmero una jardinera desteñida con una inscripción que por años leí: "quepede" en lugar de: "que en paz descanse"




Odiaba el olor a muerto, a pinos, a flores secas y agua podrida. Odiaba la mirada condecendiente de los vecinos, las palabras melosas del cura del barrio, los consejos melodramáticos de los maestros. Y la desagradable figura del sepulturero. Odiaba los funerales, las carrozas fúnebres y los rezos al muerto. Y a mis ocho años,juré que al morir, jamás sería enterrada.

La imagen de mi realidad trasladada hacia el futuro me daba naúseas. Jamás permitiría que mis seres queridos pasaran una situación similar a la qué yo estaba viviendo.

Antes que mi madre cayera en el piso y jamás volviera a levantarse, mis domingos eran el día más hermoso de la semana.

Durante seis días esperaba ese despertar con el ruido de ollas proveniente de la cocina de mi casa y el olor a tuco de los ravioles caseros que mi mamá, mejor que nadie, preparaba el día anterior.

Antes del mediodía siempre llegaban vecinos o tíos con su mate y su termo bajo el brazo. Había risas en la casa, todos nos sentabamos a la mesa, la radio encendida contaba noticias. Eran días de luz, ruidos y colores. Con ventanas abiertas y niños correteando por la acera. Todo olía a vida.

Luego del almuerzo mi mamá me vestía con ropa de fin de semana. Llenaba una bolsita con refrescos, dulces y galletas y me dejaba en la puerta del cine del pueblo. Entonces, los domingos eran mágicos.

Durante seis horas disfrutaba de tres películas en pantalla gigante. Le llamaban matinée. Veía el cartel de Hollywood, el mismo que ahora todos los días veo desde lejos. Veía vaqueros cruzando el oeste, indios diciendo "Hi!", cantantes entonando mariachi, revolucionarios robando mujeres mexicanas y la fantasía pasaba a ser parte de mi realidad en mi cabeza de niña soñadora.

Mi padre me enseñó sin proponerselo a odiar los sábados y también los domingos.

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(algún otro día: continuará...)

5 comentarios:

fabi dijo...

amiga sin palabras, te acordas de los ojos siempre son ninoss...
Yo iba a la misma matineee porque no te conoci an tes! beso

Leo dijo...

ja yo iba matinée de los domingos tb, pero acá en maldonado en el único cine que había y que recuerdo con alegría.
lindos recuerdos te mando un beso. '-D

Natalia Astuácas dijo...

De alguna u otra forma esa sos vos.
Un abrazo Vikinga, que tu sábado y domingo borren esa nostalgia y se llenen de risas, colores y magia.

Crazygirl dijo...

Es dificil borrar esos recuerdos tan dolorosos...pero debes empezar a formar nuevos recuerdos para esos sabados y domingos q quieras o no...vienen tooodas las semanas.

Paola Bianchi dijo...

Qué loco, en temas así uno no sabe bien cómo encarar el comentario :)
Siento lo mismo que vos con respecto a los cementerios... cuál es el punto?, las personas que te acompañaron en la vida te siguen acompañando todo el tiempo. Ir a "visitar una piedra" para mi no tiene ningún valor, aunque socialmente esté aceptado de esa manera (y te tildan de descorazonada si no jugás según sus reglas).
Pero de todas las experiencias algo bueno sale. Pensá que quizás vos le hacías tanta falta a tu papá como falta le hacía tu mamá y lo ayudaste a llevar esa pena...