lunes, 1 de marzo de 2010

De por qué soy quien soy (Part. III)

La mente es como una cajita donde guardamos poder. El cual viene envasado en unos paquetitos llamados pensamientos. A mis nueve años tenía plena conciencia de ellos. Cada uno difería en la intensidad de su nacimiento y en la longevidad de su existencia. Algunos eran pasajeros, otros estaban instalados desde siempre y parecían no morir nunca. Y en aquel desorden ordenado de energía, el último pensamiento enviado a mi tía Isabel, terminó siendo una profecía.

La vida creció y yo con ella. Pasaron más de quince años desde mi destierro como sobrina y en todos ellos, pocas noticias tuve de quién emitiera la sentencia lapidaria.
Pero el tiempo es como una gran bola que da vueltas y siempre llega el punto de coincidencia entre lo que abortamos a destiempo y lo que inevitablemente debe suceder.
Y lo que debe suceder sucede, aunque sea muy a pesar nuestro.

Era una época de idas y venidas al pueblo que me viera nacer.Una época de no quedarse en ningún lado pero menos en aquel pueblo que cada año estaba más lejos de mí. Sin embargo, siempre llegaba al mismo. Uno no puede liberarse con mucha facilidad de la historia y menos de las responsabilidades familiares, como por ejemplo visitar de vez en cuando al padre que a uno le crió. Debo decir que jamás fui una buena hija pero tampoco fui lo suficientemente mala.

Así fue que en aquel domingo me encontraba visitando el pueblo.
La casa de mis padres biológicos se ubicaba casi en el centro de la ciudad y no solía pasar ni siquiera por la puerta de calle. El perdón no había llegado a mi corazón, menos el deseo de ver a algún miembro de la familia que supuestamente me había abandonado. Pero por casualidades de la vida, (o del tiempo que es casi lo mismo) ese domingo a la tarde me encontraba en casa de una de mis esporádicas amantes, una actriz del grupo de teatro local. Y la casualidad residía, en que la casa de mi ex amante temporal, se ubicaba frente a la casa de mis padres biológicos.

Eran pasados veinte minutos de las cuatro de la tarde, Bob Marley cantaba “Oh woman Don´t Cry” y la actriz cebaba mate cuando alguien golpeó la puerta con desesperación.
La dueña de casa tenía una tía enfermera que “casualmente” a falta de auto para guardar, vivía en el garage que la actriz rentaba. Algunas veces los vecinos venían a buscarla para que hiciera las veces de doctor o pusiera alguna que otra penicilina. Así que no era extraño la desesperación del llamado.

Lo que sí fue extraño (al menos para mí) que al abrir la puerta de calle, quien estaba desesperadamente gritando por la enfermera era mi madre. Madre que me había parido y a la cual tenía nueve años de no ver.

Los gritos y el llanto de mi madre supongo que movieron algunos resortes de mí que no conocía hasta el momento. Poco me importó el pasado o el dolor que en forma de rencor aún moraba en mí. Lo único importante en ese momento era su desesperación.

Intenté calmarla, mientras ella entre llantos decía:

- ¡Isabel se muere! ¡Se me está muriendo Isabel!
Estoy sola en casa necesito que alguien me ayude. Por favor, ¿dónde está Marina la enfermera?


Dejé a mi madre parada en la acera y sin pensar crucé la calle corriendo.
La puerta estaba abierta en la primer recamara que daba a la calle, sobre el lado izquierdo del corredor de entrada. Era una de esas casas típicas de la colonia española, con balcones y rejas con malvón. El piso tenía baldosas negras y blancas como si fuera un cuadro de ajedrez. Un olor nauseabundo salía del cuarto frío y casi vacío. Un olor que descomponía el estómago de cualquier mortal. Un olor a pura diarrea y vómito.

En medio del cuarto, una cama de metal y jergón sostenía metido entre medio de viejas mantas de mala calidad un bulto flaco. El bulto, era el debilitado cuerpo de mi tía Isabel.
Me acerqué a la cama. Los ojos de mi tía desesperadamente hablaron y aunque no podía pronunciar palabra alguna escuché un desesperado grito de auxilio.

Segundos después mi madre apareció gritando cual telenovela mexicana:

“¡Isabel se nos va! ¡Se nos va Isabel!” Mientras, la actriz de teatro, solidariamente trataba de consolarla. Con una furia que inesperadamente brotó desde mis entrañas, con la necesidad de cumplir el papel de sobrina amorosa, giré sobre mis talones y eché casi a patadas a las dos actrices.
Mi tía merecía el último de los respetos, morir tranquila.

En cinco minutos ordené y dispuse todo como si mi mente estuviese preparada para cumplir el rol que hasta ahora la vida jamás me habían permitido cumplir, el de hija mayor que sustituye a los padres en caso de ausencia o ineptitud:

- Angélica, - grité- llama a la ambulancia y díles la gravedad del asunto. Después pedile al vecino, que vaya a buscar a mi hermano. Seguramente está en la casa de su novia. Que rastree a mi padre por todos los bares del pueblo y si la borrachera se lo permite que venga a la casa.

Cerré la puerta del cuarto y me arrodillé junto a mi tía. Tomé sus manos, acaricié su pelo blanco y le hablé las últimas palabras que pudo escuchar.
No pudo nombrarme con voz pero escuché mi nombre en su mirada.
Yo seguía siendo Victoria, la heredera del nombre ancestral. La sobrina mayor.
La niñita que admiró su gusto por el gato blanco y su vida en la gran ciudad regresó a ocupar el lugar de la niñita que había hecho el juramento maldito.

Acompañé su cuerpo hasta el hospital, y di la noticia a mi madre antes del parte médico. Luego, caminé sola por la madrugada y en la barra de un bar se me confudieron algunas lágrimas con el sabor del wisky.
No soy bicho que visite velorios ni tampoco cementerios.

(Fin de la historia)

4 comentarios:

ANONIMA VENECIANA dijo...

Que dificil encontrar la palabra para definir lo que acabo de leer. …….
Gracias “Victoria “……. Nombre al que le haces honra……. Tenes tantos laberintos y tantos espejos en los que te has reflejado, que sos un ser que se va convirtiendo en alguien a quien no se puede dejar de leer………. Imaginè a una niña al lado de la cama de tu tìa y ella miràndote y agradecièndote ese momento en el que la estabas ayudando a irse…………… Escribis de una manera como los encantadores de animales, que van llevàndolo a uno de a poco por caminos inesperados y màgicos.
Gracias por compartir ¡!!!!!!!!!!!! Gracias por llenar este universo con tus palabras y dejarnos entrar en tu vida.
Te mando todo mi cariño y el de Ian para Theo, desde una Buenos Aires donde el asfalto huele a ciudad y locura, pero que la amo…………..
Vene

vico dijo...

Anonima Veneciana, muchas gracias por tus comentarios. Espero mejorar, pocas veces me gusta lo que escribo entonces me cuesta leer elogios a lo que hago. Todos mis post necesitan una buena edición, eso es lo único que sé.

Un saludo desde L.A.

maggi dijo...

gracias vic por compartir esta historia, tu historia ...
nos dimos cuenta que la niña no la mataron, estuvo escondida y perdono a la tia en el ultimo momento y estuviste con ella cuando no tenias ninguna obligacion, eso habla muy bien de ti, de la persona que eres...

no voy a decir cuanto me gusta leerte por que ya lo eh dicho muchas veces....
un abrazo!

Victoria dijo...

Maggi, me da gusto leerte. Gracias por leerme durante tantos años. Un abrazo a mi querido Chile tan maltrecho en este momento.